Otro camino

La Copa del Mundo, un pretexto

No soy nacionalista ni futbolero, pero me agrada que gane la selección nacional de futbol, como ayer ante Camerún; no creo que la fortaleza o debilidad de un gobierno dependa, ni antes ni ahora ni en el futuro, de los resultados en el futbol.

Siempre será imposible competir con la atención que atrae un Campeonato Mundial de Futbol, baste el extraordinario partido Holanda 5,
España 1 como ejemplo de maravilloso espectáculo. Por ello me parece absurda cualquier “táctica” que lo considere una “manipulación”.

Llama la atención la gran alaraca mediática (¿hay de otra?) en torno a las dificultades reales o exageradas de la organización de la Copa en Brasil.

Dañó mucho al movimiento socialista el confundir los intereses del bloque soviético con los suyos. Lo que llegó a extremos durante el estalinismo y se mantiene en torno al castrismo. Pero me causa cierto sospechosismo la repentina preocupación por los graves problemas sociales de Brasil. Por esta vez, no dudo en apoyar a Dilma Rousseff.

Desde el triunfo de Lula hasta el fin del primer periodo de Dilma habrán transcurrido casi doce años de gobiernos del Partido de los Trabajadores PT.

Para ganar las elecciones en 2002, con más de 61 por ciento en segunda vuelta, Lula contendió tres veces antes; en 1989, 1994 y 1998. En esa victoria se combinaron una amplia política de alianzas en lo electoral y un vigoroso proceso de luchas sociales, especialmente en el medio sindical, donde surgió Lula desde que era obrero metalúrgico de base. Un proceso que siguió un guión del más clásico modelo de luchas combinadas de lo electoral y lo social.

Brasil ha realizado grandes cambios en este periodo. Redujo la pobreza en más de 50 por ciento, quizá el dato más contundente e importante. Su crecimiento promedio del PIB fue calificado como milagro brasileño. Se convirtió en una de las potencias emergentes en el denominado BRIC (Brasil, Rusia, India y China) y por lo tanto en un modelo alterno y líder en la región Iberoamericana.

Este último aspecto le da cierto sesgo de competencia con México.

Es muy cuestionable reducir los fenómenos políticos, económicos, sociales y culturales a una simple y mecánica rivalidad entre países y ahora incluso menos entre Estados–Nación, dada su evaporización (Bauman, dixit), pero no cabe duda que parte de la campaña contra Brasil, por lo menos en México, obedece a la respuesta del gobierno de Peña Nieto al discurso reciente de Lula, donde afirmó que Brasil era superior en muchos aspectos a México.

Se trata de una disputa política entre dos modelos: el del PRI y el PT brasileño, que los operadores y demagogos pretenden presentar como la rivalidad entre Brasil y México.

No tengo claro en qué medida están representados los 115 millones de mexicanos por las empresas mexicanas que tienen grandes inversiones en Brasil, como América Móvil, Cemex, Grupo Bimbo, Alfa, Coca-Cola Femsa, Elektra y otras semejantes.

Estas empresas transnacionales no deben confundirse con los intereses de los más de 100 millones de mexicanos, sobre todo los más de 60 millones de pobres. Allá los nacionalistas con su discurso patriótico.

Gocemos el futbol, sin hacerle el juego a los demagogos.


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