Empatía Popular

El más común de los sentidos

Un día de esta semana al final de una jornada laboral cualquiera tomo el transporte para dirigirme a mi domicilio, “casual” como dirían los jóvenes ahora, pero cuál es mi sorpresa que al subir al camión y pagar el pasaje, un niño sentado en la concha del camión me entrega el boleto.

Yo con gesto un poco extrañado le doy el dinero al chofer, acto seguido el niño me da también el cambio. El conductor le sonríe y le dice “eso hijo, ya le sabes al dinero”.

El autobús empieza su marcha mientras trato de llegar a un lugar, pues éste aceleró de repente. El niño seguía sentado en esa concha de plástico y cercano a él estaba la puerta principal abierta.

La ruta era el Serapio Venegas Tampico por Avenida Hidalgo, a las 9:50 de la noche rodaba a velocidad un poco arriba de lo normal, por ratos le bajaba, pero seguía sin comprender cómo el conductor, padre del menor, lo dejaba en ese lugar exponiéndolo a que en un accidente el niño sufriera las peores partes del golpe.

Volteo hacia los lados del camión y veo ese anuncio que colocó la Delegación de Transporte Público, esa especie de reglamento del conductor sobre lo que debe y no debe hacer, además del correo electrónico especial para quejas y sugerencias.

Con la maravillosa tecnología de los smartphones le tomé fotografía al hecho y envié por Internet el señalamiento a ese correo, porque creo que es lo que cualquier ciudadano haría.

En estos tiempos de golpes y violencia es difícil dialogar con una persona que, a criterio de un tercero, le diga que está educando mal o exponiendo a un hijo. La naturaleza de la mayoría de los choferes es agresiva, por ello los pasajeros, incluido yo, evitamos una confrontación, pero sí se le dijo que cerrara la puerta.

¿Es así como funciona el actuar de un ciudadano? ¿Qué nos toca hacer cuando pasan estas situaciones? ¿Estamos listos para utilizar la justicia sin el filo de la espada para señalar lo correcto?

Porque la ira, el odio, el rencor están a la orden del día cada vez que salimos de casa a nuestras labores diarias, y es verdad que casi nadie sabemos domar esos impulsos.

Lo bueno y lo malo en la balanza siempre están en disputa. La razón, la conciencia, el sentido común, los valores, la educación, son acciones que difícilmente predicamos cuando somos atacados.

Creo que no necesitamos tener un gran historial educativo, o de vida, para saber diferenciar lo correcto y lo incorrecto, el Ying y el Yang, es simplemente adoptar una postura y decir ¿si hago esto qué puede pasar?, ¿si voy por aquí adónde llegaré?

Es bueno improvisar en la vida, pero hay situaciones que el sentido común no puede reemplazar. Sentido común por favor.