En privado

Jaime Almeida, morir en Paraíso

¡Ah, la muerte! Ese espejo vacío…Florestán

 

Conocí a Jaime Almeida hace casi 45 años cuando llegué, en septiembre de 1970 al Noticiero 24 Horas que unos días antes, el 7, había iniciado Jacobo Zabludovsky.

Aquello era una novedad para todos: un noticiario, el primero, hecho por reporteros y dirigido por un periodista. Hasta unos meses antes, eran de los periódicos: el de canal 2, de Excélsior, y el del canal 4, de Novedades.

Allí, pues, en la excitación del proyecto, estaba Jaime Almeida del que, con Fernando Alcalá, QEPD, nos hicimos más que amigos.

Un día Jaime me dijo: Me voy a casar con Joann y quiero que seas mi testigo.

—¿Cuándo? —le pregunté.

—En una semana —me contestó, dándome hora y lugar.

El día de la boda llegué puntual por los rumbos de Tacubaya y en la dirección que me había dado estaban las oficinas del Registro Civil. Entré, un poco sorprendido y allí estaban los dos. Éramos cuatro personas más y así se casó, lo que recuerdo hoy para retratar su sencillez.

Sí, sabía mucho de música. Tenía en su departamento de Payton Place, en la Condesa antes de que intentara ser cosmopolita como hoy pretende, la mayor colección de discos de rock en manos de un particular y sabía de memoria, otras de sus cualidades, una extraordinaria memoria, todos y cada uno de los títulos. Lo recuerdo también de guitarrista con la gran Chabuca Granda en su gira triunfal por México.

Pero Jaime fue, además, un extraordinario reportero.

Descubrió y documentó que Agustín Lara había nacido en la Ciudad de México y no en Tlacotalpan, como él y sus biografías aseguraban, lo que le provocó una enorme bronca con los veracruzanos que, indignados, reivindicaban su jarochismo.

También localizó a David Kaplan, un misterioso traficante de armas y supuesto agente de la CIA, que en 1971 se fugó de la cárcel de Santa Martha en un helicóptero, lo que provocó un escándalo mundial. Nunca más se supo de él hasta que Jaime logró, en San Francisco, la única entrevista que haya dado.

Una vez, en 1975, quedamos de vernos en Teherán. Yo había entrevistado al Sha de Irán, y él venía de un recorrido periodístico por el mundo árabe, le llevaba viáticos. Nos encontramos en un circense restaurante-bar en una cueva donde nos gastamos parte de los viáticos. Hace poco me mandó la foto.

Cuando este fin de semana me enteré de su muerte, el dolor y los recuerdos nublaron todo y se echó para atrás la película del cariño y del tiempo.

Todavía el viernes, como siempre, lo había visto en el programa de Carlos Marín donde era una delicia con sus conocimientos musicales.

¡Qué ajenos estábamos de lo que iba a suceder unas horas más tarde en Paraíso, que paradoja, Tabasco, donde un infarto lo sorprendió!

Querido Jaime, no es que te vayamos a extrañar, es que ya te extrañamos; no es que nos vayas a hacer falta, ya nos haces falta; no es que te vayamos a dejar de querer, siempre te vamos a querer.

Hasta luego.

Que por hoy no quiero saber de otras cosas.

Nos vemos mañana, pero en privado

 

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