Desde la Raíz

Que le toquen su música a don Cayetano

“Yo les dije a sus compañeros, vayan y tóquenle su música”, dijo la dolida maestra… Juanita, es hija de don Cayetano Guzmán Hernández, tamaulipeco originario del ejido Reforma en el municipio de González. Otra quinta huapanguera acallada por esos extraños males que solo entienden los doctores del IMSS, pero que dejan todas las dudas a los familiares.

Cayetano, aunque conocido en aquellos rincones donde aún abrevan algunos tríos de huapangueros -de esos que sobreviven en fondas y antros-, ejercitaba el rasgueo y pespunte de la quinta y su jarana. A sus 77 años, no le alcanzó el tiempo para grabar con los famosos, pero alternó con algunos grupos y varios grandes en el son huasteco. Nada más que con los Caporales del Pánuco, los Huracanes de la Huasteca así como con Brisas del Mar.

Juanita se mira y ahora tiene ocho, siete, seis años y rescata de entre ese carrete de película que yace en lo profundo del alma; sí, la pobreza y limitaciones de su hogar, pero también los felices retazos. Su padre al centro del patio y sus ocho hermanos desgañitando y otros tocando “el cuatro” -aquellas como jaranitas de cuatro cuerdas-, ahí sobre la Díaz Mirón en la colonia Cascajal donde vivían. Este domingo 16 de octubre murió don Cayetano Guzmán, de quién sabe qué enfermedad al filo de las 2:00 am.

“No sé que tenía mi padre, solo sé que se murió y lo estamos velando, pero en verdad se veía sano”, dice la mujer, sin poder evitar el gimoteo que le agarraba cada vez que lo recordaba.

El viejo tomaba mucho y eso lo ponía de un carácter que a ninguno de los ocho hermanos les dio por tocar: “Sí, intentaron aprender, pero mi papá era muy duro, dice desconsolada Juana de Dios Guzmán Villaverde, maestra de educación artística en Monte Alto en Altamira.

Reconoce que ella tampoco aprendió a tocar quinta, violín o jarana, pero sabía lo hermoso de su sonido y presentía la importancia de su tradición y del son huasteco.

“Ahora quisiera poder enseñarles a mis alumnos lo que vi y escuché de mi padre, pero nunca lo seguimos, nunca supimos qué era exactamente lo que tocaba”, confiesa.

Con ojos humedecidos y mirada extraviada, señala: “Lo que falta a Tampico, Madero y Altamira es difundir nuestras tradiciones, difundir el Huapango, para que los más jóvenes se enamoren, pero prefieren otra música que no es la propia; les da vergüenza lo que debe ser orgullo; su raíz”. Don Cayetano deja además 24 nietos y once biznietos, huérfanos de la tradición.