Desde la Raíz

Los diablos sueltos en víspera de Navidad

 Y qué si les digo... el tiempo vuela. Faltan 18 días para la Natividad; una, en la que -para estas alturas- todo nos parece lejano, ajeno, y hasta irrealizable. Este sentimiento no es nuevo, cada año nuestro alrededor nos hace tomar mayor conciencia de la situación. Y a la distancia las urnas destinadas para definir el rumbo para este 2018, se saben más cercanas.

En contraposición a los sentimientos de amor, paz y esperanza que deberían de respirarse, se sigue experimentando, viviendo -después de más de 10 años- la violencia y la zozobra entre la población a manos de criminales en cada uno de los municipios de Tamaulipas. Anualmente, aparece y se recrudece esta imagen, se multiplica dentro de los rincones de la zona conurbada y del país. Algunos ejemplos:

Camiones materialistas llegan de quién sabe dónde, repletos de menores, adultos y viejos, listos para acampar frente al Hospital General Dr. Carlos Canseco; a las afueras de tiendas de conveniencia, de autoservicio y supermercados de las cuadras aledañas. Como año con año, pernoctan y duermen en las aceras, anticipando los días de Noche Buena y Navidad. La llamada por algunos, industria de la miseria. 

Carlitos de 9 años, pedigüeño “de casa”, sale a las calles de Tampico, Madero y Altamira;  para englobar la lista de -por lo menos- 20 menores detectados por el DIF, que son enviados por sus mismos padres, para pedir limosna. En una cadena interminable de abusos y explotación.

Mientras tanto, los ayuntamientos, ante la baja de temperatura (para este viernes se esperan 8 grados) preparan los refugios invernales, donde los propios menesterosos, se quejan de llegar a ser asaltados, hecho que los hace dormir a la intemperie y a veces, bajo los efectos de lluvia fría.

La lista es larga de hechos como estos: “no son vistos “ o son ignorados por la administración en turno; y es el pueblo el que ve, poco ha cambiado su entorno, y muy a pesar del maquillaje, el “desarrollo” de la ciudad. Ven en cámara lenta, a pasitos, los designios parsimoniosos del poder.

Nunca como ahora he sentido tanto a Tampico: su aspecto, sonidos, sabores, clima, pero sobre todo, su olor; tiene humor a puerto; más que eso, supura hedores de viejo añoso y enfermo.

Sin ánimo de sonar suspicaz, sí estoy cierto que nunca volverá ese Tampico de hace 25 años. Tengo fe en los hombres de buena voluntad, en mi estado y mi ciudad. Como decía Cortázar: “mis dioses están en la tierra, no en otro lado...” Aunque los diablos anden sueltos, otra vez, en vísperas de Navidad.