Los tatarabuelos del Mercado Corona

El  llorado Mercado Corona ciertamente no fue el primero que existió en Guadalajara. Ya en 1555, el obispo Francisco Gómez de Maraver informaba a la autoridad real que en Guadalajara el tianguis se efectuaba cada cinco días, aunque no se habla de un edificio habilitado para tal fin. “Guadalajara tiene muchas fuentes de aguas muy buenas y un río junto a la ciudad en el cual hay huertas y heredades… y un mercado cada cinco días de gran frecuentación y trato de gentes…Tiene muy buenas labranzas y tierra de pan donde se dan muy bien las plantas y árboles de Castilla”. Los indios vendían sus productos en dos plazas: la Mayor, donde está ahora la Plaza de Armas, y en la de San Agustín, donde está el Teatro Degollado. Los “naturales” vendían calabazas, elotes, nopales, chayotes y verduras de Castilla: coles, rábanos cebollas, lechugas. Un oficial informaba que se vendía además la miel de abeja y cera y miel de otras plantas “como el maguey, que es muy mejor que el arrope y de estas plantas  hacen azúcar y vino… venden mucha loza de gran manera y muy buena, venden muchas vasijas y tinajas grandes  y pequeñas, jarros, ollas, ladrillos y otras infinitas maneras de vasija, todas de singular barro, todas o las más vidriadas y pintadas”. Sin duda se refería a lo producido en Tlaquepaque y Tonalá. Se habla también del pescado “que del río Santiago lo traían a vender salado, crudo y guisado y huevos de ganso y de otras aves y venden tortillas de huevos hechas”. En 1584 el visitador franciscano Fray Alonso Ponce satisfacía el hambre comiendo pinole, que, como “los dátiles para los árabes es el pan del desierto”. Pondera también “la pitaya de cáscara tierna y blanca, cuando está madura no hay carmesí que se le iguale… de carne tan dulce con coloraciones que del albo (blanco) más albo corre hasta el rojo púrpura”.

En el primer cuarto del siglo XVIII, Don Matías de la Mota Padilla, aunque no nos aporta datos sobre los lugares de los mercados, que sin duda eran los mismos, es decir la Plaza Mayor y la de San Agustín, nos habla de lo que se vendía: infinidad de flores, asegurando que “apenas habrá en otros amenos prados, flor que dentro de la ciudad no se advierta”. Habla también de plantas medicinales, las legumbres y la diversidad de frutas, de la granada, “porque las de Guadalajara exceden a todas las de América, por lo grande, dulce y granos mayores con poco hueso o simiente: las hay tales que suelen no  bastar o venirles estrecha la copa de un sombrero, por lo que distando México de Guadalajara más de cien leguas, se remiten por regalo a los señores virreyes, arzobispos y demás personas de distinción”.

Sigo sin encontrar alusiones específicas a los mercados, pero es obvio que en cada plaza había uno o su equivalente. Tiempos después de los señalados, además de la Plaza Mayor y la de San Agustín, encontramos la de Toros, cuya ubicación ignoro, la de Mexicaltzingo, “Analco o San Juan de Dios”, habilitadas  como sitios para vender comestibles en puestos o “manteados”; pero no se habla de alguna edificación especial del concepto que tenemos de los mercados. Muy pronto aparecieron los ambulantes: “viandantes, mercachifles, buhoneros”, que por las calles ofrecían hilos, peinetas, listones, dulces y legumbres , de suerte que el problema actual de los ambulantes es casi tan antiguo como la misma ciudad de Guadalajara y pronto se comienza a hablar de problemas para que esos comerciantes paguen las alcabalas y otras contribuciones.

Ya a fines del siglo XVI comienzan a aparecer los propietarios de tierras alrededor de Guadalajara que van adquiriendo espacios para vender sus productos en la ciudad y se va formando una clase dominante, lo que los colegas historiadores tanto les gusta estudiar: las élites.

Muy importantes eran las alhóndigas y los pósitos que recibían el trigo y otros productos básicos. Con el tiempo fueron apareciendo, al lado de las alhóndigas, establecimientos para vender carne. No se olvide que, al decir de los sabios de historia tapatía, Guadalajara fue sobre todo ganadera y comercial.

Los problemas que tiene la administración municipal actual, aunque más agudos ahora, en el fondo no son diferentes a los que ha tenido Guadalajara desde su fundación.