El sepulturero de las Chivas

Hace unos días, en un acto académico, saludé a un exgobernador de Jalisco al que hace años encontraba yo cada quince días, los domingos, en la puerta del Estadio Jalisco preparándose, como yo, para aplaudir a las Chivas. “Licenciado, le pregunté, ¿cómo ve al Rebaño?”. “No sé ni me interesa, me respondió, desde que dejó de ser un símbolo nacional y lo convirtieron en algo para sacar dinero, ya no me interesa” fue la atinada respuesta que muchísimos tapatíos compartimos.

Somos muchos, muchísimos, los que a mitad de los años cuarenta, cambiamos el grito de “¡Guadalajara, Guadalajara!” por el de “¡Chivas, Chivas!”, y que poco después sufrimos, cuando el Atlas fue el primer campeón tapatío; padecimos las burlas de los años del “ya merito” y gozamos las mieles del campeonísimo. Amábamos al Guadalajara, a las Chivas, por su mexicanidad, en  tiempos en que Guadalajara era tapatía, cuando olía a tierra mojada y Tlaquepaque era un pueblito lejano. Ser Chiva era sentirse nacido en esta bella ciudad, sentir todo el orgullo de ser tapatío: pregonábamos que éramos “de aquí”, nos ufanábamos de nuestras raíces de aquí, desde tiempo virreinal enfrentado a la capital, al centralismo. Ver el estadio lleno a reventar, ondeando sus banderas rojiblancas por todas las graderías; emocionarse con el “¡Chivas, Chivas!” cada que anotaban un gol o hacían bellas jugadas. Todos éramos iguales: la abuelita con su playera rojiblanca pastoreando a sus nietos rojiblancos, las muchachas bonitas rojiblancas; viejos, niños, ricos, pobres: todos éramos iguales y todos nos abrazábamos cuando el Rebaño anotaba. No olvido las finales contra el Cruz Azul y contra los Toros, aquel 6 a 1.

El orgullo Chiva era el orgullo popular por una forma de sentir el futbol. Éramos capaces de soportar muchas horas haciendo cola para comprar un boleto y tener el privilegio de ver a las Chivas, mientras que ahora, ni con boleto regalado, nos arriesgamos a ir al Omnilife para arrastrar la vergüenza de ver cómo arrastran al Guadalajara. El pueblo sabe de sus Chivas lo que ni el dueño, ni los entrenadores, ni la directiva, ni la mayoría de sus jugadores saben. Las Chivas eran  historia de triunfos y fracasos, pero siempre de orgullo y dignidad deportiva, como cuando el **Tigre Sepúlveda, expulsado al comenzar un Clásico contra el América en México, arrojó sobre el césped su camiseta rojiblanca diciendo “con la pura camiseta tienen” y las Chivas con nueve  hombres dominaron al odiado rival.

Cuando el dueño no sabe, y la directiva ignora y los jugadores desconocen la historia de las Chivas, no hay táctica ni técnica, ni dinero que haga del equipo un conjunto ganador, con la ambición de triunfo y el orgullo de ser como su pueblo, grande al celebrar sus victorias. El dueño actual, entre veinte mil burradas absurdas, ha permitido que el equipo salga a jugar con variados uniformes, olvidando que los colores deben ser rojiblancos. Cambiar el uniforme es como pretender cambiar una bandera o un himno nacional.

Por años, nos ufanábamos de simpatizar con el equipo que llegó a ser un símbolo nacional. No se olvide que en Guadalajara, antes que en Iguala y en México, se proclamó la independencia. Jalisco fue el principal promotor del federalismo contra el centralismo de la capital. Las Chivas representaban ese orgullo provinciano frente a la capital, representaban lo mexicano contra lo extranjero. De los once del campeonísimo, diez eran nacidos en Guadalajara y siempre se mantuvo la mexicanidad. Hace años que los aficionados de las Chivas nos hemos ido apartando; aunque, ¿por desgracia o por fortuna?, es cierto que “un viejo amor…”, por eso no deja de doler que hace años las Chivas no participen en la Liguilla y estén muy cerca de caer en la vergüenza de la Liga de Ascenso o como se llame.

El actual dueño de las Chivas cada año ha ido echando paletadas de tierra sobre lo que queda del equipo: ha ido enterrando sistemáticamente al que, por su mexicanidad y entrega, fue un símbolo de lo jalisciense y lo mexicano. El actual dueño es el gran sepulturero de las Chivas. Dada la miseria del actual equipo no es de extrañar que contrate extranjeros, con lo cual el gran enterrador  arrojará la última paletada de tierra sobre las Chivas ya muertas y sepultadas.