El reloj agujereado

En mis andanzas por el centro, he oído varias veces la pregunta de por qué ningún gobernador ha “tapado” el agujero, junto al número V (romano) del reloj del Palacio de Gobierno, Cualquier verdadero tapatío sabe que es un agujero histórico, que ayer día 30 cumplió 99 años, porque en la madrugada de ese día, pero de 1915, un excelente tirador  de las tropas de Julián Medina, apuntando su 30-30 al reloj, dijo: “Quiero que los tapatíos nunca olviden a qué hora las tropas de mi general Pancho Villa tomaron Guadalajara”. Jalisco, a diferencia de los estados norteños, tuvo poca participación en la Revolución, aunque la inmortalizó en la literatura, en la pintura y en la música. La revolución jalisciense fue la Cristiada. El 8 de julio de  1914, los tapatíos vieron azorados cómo entraban a la tranquila Perla de Occidente las tropas de Obregón y Manuel M. Diéguez, quien luego, luego se carranceó la bella mansión de cantera gris de Doña Dolores Somellera viuda de Orendain, casi en la esquina de Placeres (actual Madero) y Federalismo. Por cierto que no sé en qué se funden los que dicen que por la calle 8 de Julio entraron los carrancistas. Dicha calle corre de norte a sur y la batalla de Orendain, rumbo a Tequila fue al poniente. Yo sostengo que las tropas carrancistas debieron entrar  por la actual calle de Vallarta o Hidalgo, porque Obregón y Diéguez llegaron por el poniente de la ciudad.

A partir del 8 de julio, los tapatíos tuvieron que soportar los desmanes de los carrancistas que se apoderaron de las mejores residencias, de los edificios públicos y de los templos y demás propiedades de la Iglesia. El bello y señorial edificio del Seminario Mayor se convertiría con el tiempo en la XV Zona Militar. El papá del Instituto de Ciencias, el Instituto de San José se convertiría en la Prepa de Jalisco y así sucesivamente. Las soldaderas emplearían los libros de Catedral para hacer fuego y cocinar.

La segunda mitad de 1914, como bien recordaba mi mamá, que vivía junto al templo de Santa María de Gracia, fue de continua angustia: “Tu abuelo, decía mi madre, tenía que estar escondido por miedo a que se lo llevara la leva y tu tío Cuco, joven pero tan joven para la leva, tenía que madrugar todos los días para irse a Analco a buscar algo que comer”. El 17 de Diciembre de 1914, Villa arrebató Guadalajara a los carrancistas, con alegría de los tapatíos porque el Centauro del Norte abrió los templos que los “carranclanes” habían cerrado. A mi madre, de seis años de edad, le tocó ver, frente a los árboles que había frente al Degollado, algunos ahorcados por Villa: a don Fulano, el panadero; a don Peringano, el carnicero, y a varios vecinos conocidos de  la familia. La visión de los tapatíos de esos meses la resumiría después Anacleto González Flores al referirse a los norteños, villistas y carrancistas, como a “los intrusos, que llegaron a saquear, a destruir lo que habíamos construido”. A principios de Enero de 1915, Diéguez y sus hordas recobraron Guadalajara. Se impuso el toque de queda y nadie salía porque, al grito de “¿quién vive?” no sabían qué responder.  El 30 de enero, el gobernador villista Julián Medina se propuso recobrar la ciudad. En la madrugada, su caballería llegó por el poniente, por Hidalgo, Juan Manuel e Independencia, mientras otra columna atacaba desde el norte, por Santa Mónica y Pedro Loza, al mismo tiempo que una tercera columna llegaba desde el sur, por Colón, 16 de Septiembre y Corona, y otro contingente llegaba desde el oriente, por la calle de San Andrés, que después, con gran disgusto de mi madre, cambiaría su nombre por el actual de Álvaro Obregón. Fue en esa madrugada cuando un villista, en la euforia del triunfo, apuntó su carabina al reloj del Palacio y estampó su bala cerca del número V: las cinco de la madrugada. Ese fue “el albazo de Medina”. Al volver los carrancistas fusilaron salvajemente al padre David Galván por el crimen de auxiliar  a heridos y moribundos villistas.

Espero que ninguna autoridad cometa el error garrafal de querer “tapar” el agujero del reloj del palacio de Gobierno más hermoso del país.