De irresponsables a niños héroes

El 13 de Septiembre de 1847, ante el avance de los invasores estadunidenses, el General Nicolás Bravo, director del Colegio Militar tenía la orden de defender el castillo de Chapultepec y, ante la carencia de fusiles y municiones, ordenó a los alumnos regresar a sus casas. Lo que necesitaba urgentemente eran batallones armados y disciplinados, que no le proporcionó Santa Anna. La defensa del castillo era imposible.  Los alumnos eran como cincuenta y la mitad, entre los que estaba  Miguel Miramón, obedecieron. Así que la decisión de quedarse en el castillo fue  un acto de indisciplina e irresponsabilidad que costó la vida a algunos cadetes y el cautiverio para otros muchos.

     Es interesante que los autores de la obra clásica Apuntes para la historia de la Guerra  entre México y Estados Unidos  publicada en 1848, sólo habla de “algunos alumnos que hacían fuego y eran los últimos en defender el pabellón nacional” y de la valentía del coronel Santiago Xicoténcatl, pero no hay ni una palabra sobre los seis “Niños Héroes”.  Nunca he tenido a la mano el Parte de las operaciones ejecutadas por la tercera brigada de infantería  del Ejército Mexicano en los días 12 y 13 de septiembre de 1847 publicado en 1847. Por diversos estudios, concluyo que en los meses posteriores a septiembre de 1847 nadie habló de los seis cadetes heroicos. En septiembre de 1849 hubo un acto para honrar a los muertos en Chapultepec, pero no parece que se hayan pronunciado sus nombres. En Septiembre de 1851, en un acto conmemorativo, el cadete Miguel Miramón habló  de sus compañeros caídos. Un año después, en un acto solemne, el director del Colegio Militar fue el primero que los llamó “niños”. En 1856 se solicitó al presidente Comonfort que se erigiera un monumento a los héroes del 47.  El triunfo de la República sobre Maximiliano y los franceses, en 1867, fue el acontecimiento histórico que  transformó la derrota de 1847 en una epopeya. El  primer  texto de historia que hace referencia a los alumnos del Colegio Militar – limitándose a indicar que  realizaron actos valerosos- fue el Compendio de la Historia de México de Manuel Payno publicado en 1870. Por otra parte, la primera vez que se mencionaron los nombres de los cadetes fue en un texto de Luis Pérez Verdía en 1873.

    En 1871 un grupo de militares solicitaron al Presidente Benito Juárez que se declarara día de luto nacional el 13 de septiembre, y lo invitaron también a asistir al acto que prepararon el 8 de septiembre de ese año. La ceremonia más solemne, digamos la actual, la estableció Porfirio Díaz. A propósito de esto último es interesante recordar que la bandera tricolor es herencia de Iturbide, aunque con otro formato; que el himno nacional es de la época de Santa Anna, que la ceremonia del grito en la noche del 15 la inventó Maximiliano y la perfeccionó Porfirio Díaz. Resulta pues que “los malvados” de la historia dejaron huella indeleble en la vida nacional. En 1884 después de la primera reelección de Díaz, el rito de los niños héroes quedó bien definido y solemnizado por los alumnos del Colegio Militar que, después de los honores a “los niños héroes”, acompañaban a Don Porfirio al jolgorio de los españoles que festejaban a la Virgen de Covadonga porque el 8 de septiembre se recordaba el triunfo español sobre los árabes en una batalla del siglo VIII, que en realidad fue una simple escaramuza de lo que luego simbolizó el triunfo español sobre los musulmanes. Esto explica que por mucho tiempo el día de los niños héroes era el 8 de septiembre, no el 13, recordando una victoria casi legendaria y una derrota heroica, pero ambas simbólicas pese a todo del rechazo a la invasión extranjera.

      El 13 de septiembre de 1947, estaba yo en la secundaria, yendo a visitar a mi tío José me topé en el zócalo con un grandioso catafalco con las seis urnas donde, como se dijo estaban los restos de los niños héroes. Mi tío José, ex cristero ocurrente cuando le conté me dijo: “y ¿quién te garantiza que no son huesos de gringos invasores?”. Creo recordar que fue ese año cuando Truman viene a México y muy ingeniosamente trató de apaciguar los rencores mexicanos contra los gringos.