La historia por decreto

Un de las páginas más divertidas de la historia de la Revolución Mexicana se escribió en octubre de 1914 durante la Convención de Aguascalientes cuando los zapatistas, invitados por Felipe Ángeles, se bajaron del tren y corrieron al teatro donde sesionaban los convencionistas a la sombra de la bandera tricolor. El jefe de los zapatistas era Antonio Díaz Soto y Gama quien, sin pedir la aprobación del presídium, tomó la bandera y reprendió a los convencionistas: “Venimos desde el Sur y esperábamos encontrar una reunión de revolucionarios; pero hemos hallado una reunión de reaccionarios, que honran este trapo inventado por el traidor de Iturbide”; y decía todo esto mientras estrujaba la bandera. Era tan buen orador que aunque al principio los convencionistas desempuñaron sus pistolas para defender la bandera, al final aplaudieron a Soto y Gama. Lo recuerdo ahora porque mañana, día 27, es aniversario del día en que Agustín de Iturbide, encabezando al ejército trigarante llegó al Palacio Nacional para consumar la Independencia, y después resultó que los gobiernos de Díaz Ordaz y Echeverría decretaron que quien consumó la Independencia fue Vicente Guerrero, con exclusión de Iturbide. El principal promotor del movimiento para borrar de la historia a Iturbide fue Antonio Díaz Soto y Gama.  Todos los historiadores de la época que escribieron sobre la Independencia o sobre el Imperio fueron en mayor o menor grado enemigos de Iturbide: Zavala, Alamán, Bustamente, Tornel, Bocanegra….y, sin embargo,  todos reconocieron los méritos indudables de Iturbide como autor de la Independencia mexicana. Los restos de Iturbide descansaron por años junto a los de los Insurgentes bajo las bóvedas de la catedral de México; su nombre se inscribió en los muros del Congreso desde 1835. Todavía se encuentran en la columna de la Independencia de la ciudad de México. Para 1910 el nombre de Iturbide era ya símbolo de discordia. La Revolución se encargaría de avanzar en el propósito y en las tareas para desterrar en forma definitiva a Iturbide del panteón de los héroes y hacer olvidar su nombre. El primer paso lo dio Soto y Gama, como se dijo arriba, cuando estrujó el lienzo tricolor en sus manos y afirmó para escándalo y vergüenza de los presentes y de todos los mexicanos que el estandarte en el que había jurado la asamblea era el de Iturbide y del Plan de Iguala, y que él no firmaría porque valía más la palabra de honor que la firma estampada “en esa bandera” calificándola de “trapo sucio” según escribía Vasconcelos en La Tormenta (Décima Edición, México, JUS, 1970, p. 117). En 1921 se presentó en la cámara de diputados una petición: “bórrese del recinto de la Cámara el odioso nombre del primer contrarrevolucionario mexicano “Agustín de Iturbide”. La petición fue aceptada. Soto y Gama aseguró que: “la historia consiste en juzgar a los hombres, y que es cosa de mojigatos, de beatos, podría decir yo, de imbéciles, negarle a la historia el derecho de hacer su papel. El papel de la historia es denigrar al canalla y ensalzar al verdadero héroe….la historia tiene que ser un fallo justiciero que premia o castigue….hay que borrar el nombre de Iturbide”. No olvidemos que Herodoto,  padre de la historia, había dicho que la historia era para no olvidar los hechos del pasado y que Tucídides había culminado la sentencia afirmando que la historia era para explicar y comprender.  Resulta que los pensadores de la Revolución Mexicana decidieron otra cosa. Echeverría, en fecha que no recuerdo, afirmó que unos huesos encontrados en Ixcatiopan eran los de Cuauhtémoc, aunque la conclusión científica demostró que eran de una mujer mestiza. En septiembre de 1971 el Senado afirmó que “el verdadero consumador de la Independencia en México fue Vicente Guerrero”; Echeverría en 1976 en la ceremonia del grito exclamó “¡Viva Guerreo, consumador de la Independencia!”. Por esos días el general Cuenca en solemne ceremonia, olvidando que las tres garantías del Plan de Iguala representadas en los tres colores eran, Unión, Religión e Independencia dio la interpretación oficial de los colores, “el rojo, la sangre de un pueblo vigoroso y tajante que tiene fe en su destino, el blanco, la pureza de su juventud aquí presente, y el verde la certidumbre de ver una patria más grande, más fuerte y más libre”. La historia en México es por decreto presidencial.