El arte de crucificar

El arte de crucificar en la cruz que conocemos prescribía clavar primero las manos, la derecha primero y luego los pies, por lo tanto podían ser cuatro o tres clavos, según se empleara uno para cada pie o uno para los dos juntos.

Se recuerda hoy en todo el mundo cristiano un juicio inicuo, con gravísimos errores de procedimiento en el que fue condenado en Jerusalén un hombre que días antes había sido aclamado por el populacho como el Hijo de David y tenido por muchos como el Mesías prometido. Un ejemplo, entre muchos, de lo variable que es el sentir popular manipulado por unos cuantos que llevaron a Jesús a los tribunales religiosos y civiles del mundo judío y del romano.       

Como todo imperio represivo, el mundo romano había perfeccionado pormenorizadamente el arte de torturar y matar. En el tomo III de Militia romana libri quinque, Justo Lipsio dedica de la página 1141 a 1234, en la edición de 1675, de Lovaina, al tormento de la cruz. El lector moderno se va horrorizando a medida que avanza en la lectura: muy variados modos de crucificar con refinamientos de increíble crueldad y sevicia: crucificados a los que se añadía el tormento de hogueras de fuego lento a los pies para provocar asfixia prolongada; carne arrojada abajo del condenado para atraer animales carnívoros que fueran desagarrando el cuerpo del pobre y desesperada crucificado; en ocasiones, cubrían de miel al pobre condenado para atraer insectos que los atormentaran. Los romanos tenían todo reglamentado: las maderas, las formas diversas de cargar la cruz, de armarla y de colocar al condenado. La flagelación era parte integral del suplicio: en ocasiones se ataba al condenado para que lo azotaran y en ocasiones se le iba golpeando durante todo el camino hasta el lugar de la crucifixión.

No era un sistema exclusivo de los romanos: lo usaron antes los sirios, egipcios, persas y griegos, pero los romanos lo refinaron y perfeccionaron. Lipsio hace notar que la palabra crux (declinada crux, crucis….) tiene dos significados: el amplio, para designar sufrimiento, tormento y muerte, y el estricto para el tormento a que nos estamos refiriendo. En su origen, la cruz equivalía al empalamiento: una estaca enterrada, fuerte y muy afilada sobre la cual ensartaban al condenado. Obviamente producía más rápidamente la muerte. Para retrasarla, se mantuvo la estaca, ya no puntiaguda, y se clavaba al sentenciado en forma tal que quedaba colgado de las manos. De ahí que se hable de que era “colgado”, “suspendido”. Después se inventó la cruz que todos conocemos. Dedica Lipsio en el capítulo XII para comentar que entre los romanos la cruz era el suplicio más vil. Existe un texto lapidario del jurista Ulpiano: “a los hombres libres entrégalos a las bestias, a los esclavos al peor suplicio: a la cruz”, reservada casi siempre a los esclavos (ad viliores, es decir a los más despreciados). También a los ladrones, asesinos y sediciosos. En esta última categoría fue etiquetado Jesús: “lo encontramos soliviantando a nuestra gente, prohibiendo pagar el tributo al César y diciendo que él es el rey”. Obviamente lo acusan de un crimen político. El arte de crucificar en la cruz que conocemos prescribía clavar primero las manos, la derecha primero y luego los pies, por lo tanto podían ser cuatro o tres clavos, según se empleara uno para cada pie o uno para los dos juntos. En ocasiones, por razones del peso del ajusticiado, no se clavaban las manos, sino los brazos. A veces se ponía un tronco para apoyar los pies y aligerar un poco el desgarramiento de manos y brazos. También, para el mismo fin de aligerar el peso colgante, podía colocarse un tronco, de suerte que el condenado quedaba a caballo sobre ese madero. La agonía podía prolongarse por interminables horas y aun por días. La lanzada que le propinaron a Jesús fue un acto de misericordia, una especie de tiro de gracia. Por lo común se prohibía bajar el cadáver del ajusticiado; lo normal era poner guardias a distancia para que nadie lo tocara y dejar que los cuervos y otros animales fueron consumiendo las carnes putrefactas.

Es obvio que los mílites romanos que crucificaron a Jesús no podían tener la menor idea de que su acto se recordaría para siempre en muchas regiones del mundo, no sólo en el vasto imperio romano, sino en las desconocidas regiones de las que tampoco tenían ellos la menor idea. No podían sospechar que la cruz, lo más despreciado, se convertiría en símbolo de inmenso valor para millones de futuros creyentes.