Mis alumnos no saben leer

En estas semanas en que no tenemos clases, los maestros podemos dedicar más tiempo a actualizar y completar nuestros cursos y tenemos ocasión de pensar tranquilamente en la aventura de la maravillosa profesión de ser docentes con sus alegrías y sinsabores. En este último capítulo, recordando experiencias recientes, no puedo menos de subrayar la pena que me causa constatar con mucha frecuencia que,  a pesar de programas de relumbrón, como el PROFORDEM (Programa de formación docente de la educación media superior) que se aplica en las preparatorias, los alumnos cada día van perdiendo su capacidad de saber leer y, sobre todo, de poder pensar. Si leen, no entienden lo que leen, y no piensan. En mis felices tiempos, de 20 años, en la Prepa 2, me divertía a veces enunciando algo absolutamente absurdo en espera de la reacción del grupo, por ejemplo “nuestros jefes insurgentes nunca supieron qué pretendían”. Los muchachos me veían sin mostrar ninguna reacción; luego yo preguntaba: “¿qué les acabo de decir?”, y ellos repetían “que nuestros jefes insurgentes nunca supieron qué pretendían”, sin reflejar nada en sus rostros. Volvía yo a hacer la pregunta y la respuesta era la misma, hasta que les decía yo “fíjense bien lo que están diciendo”, y sólo después de varios segundos alguno más avispado decía “maestro, ¿me repite lo que dijo?”, y ante mi afirmación, por tercera vez, alguno reaccionaba: “pero ¿eso es cierto?”… Escuchaban y repetían sin entender, sin pensar.  Los sistemas “modernos” muy científicos no enseñan a saber leer, algo elemental para aprender, y no enseñan a pensar.

En el departamento de Historia del CUCSH, no es raro que me suceda lo mismo: leen sin entender, repiten lo que leyeron, pero no lo entienden. Me sorprende que ante lecturas maravillosas como la Apología de Sócrates de Platón o el Discurso de los Muertos de Pericles, no reaccionen: lo repiten sin ninguna emoción, no lo entienden, no lo valoran, no piensan. Creo que la escuela, del jardín de niños a la universidad, debe enseñar a pensar; pero se reduce a impartir conocimientos, en las épocas en que todo, absolutamente todo, lo encuentran en Internet, que lo que menos enseña es a pensar. La educación actual imparte datos; pero no enseña a pensar y no despierta el gusto por aprender.

Hace años que, según escucho, en las prepas se enseñan habilidades y competencias, que no sé qué será eso, pero los muchachos me llegan a la universidad con una incapacidad alarmante de entender lo que leen y de saber pensar. Comparo los textos de Historia, que es lo que me gusta, y no veo avances sino retrocesos de mis tiempos de primara y secundaria. Los libros actuales con mucha palabrería “científica” y miles y miles de datos, imposibles de asimilar por los alumnos; pero que nada despiertan el gusto por seguir leyendo, por seguir pensando. Tengo mi libro de historia de quinto de primaria y me sigue gustando: las historias, las aventuras, los hechos de Carlomagno, de Guillermo Tell, del Cid campeador.

Mi experiencia en la universidad con los muchachos “formados” en las habilidades y competencias ha sido constatar que están más desarmados ante la vida que los viejos que estudiábamos cada materia con maestros que nos contagiaban el gusto, el placer, de seguir estudiando esa materia.

Lo que quiero decir es que muchos de los programas pedagógicos de los que voy teniendo noticia no veo que aporten nada positivo para favorecer que los muchachos aprendan a leer, a entender, a pensar.

Con la insistencia en todas las Ciencias Sociales de cultivar la teoría, resulta que los muchachos cada vez emplean más palabrería culta, pero conocen menos la materia. Mis exalumnos de Historia, del Departamento de Historia  no conocieron el Plan de San Luis ni el Plan de Ayala; no saben lo que hizo Pancho Villa porque el tiempo se les fue en discutir si se trató de revuelta, de rebelión o de revolución, pero no saben cómo se tomó Zacatecas  o cómo cayó Guadalajara en  manos de Obregón y Diéguez

Todos los programas pedagógicos, por muy modernos y “científicos”  que sean, salen sobrando si falta lo elemental en el docente: que tenga vocación de maestro, que quiera enseñar,  y que la materia que imparta le apasione. Ya se ingeniará para  trasmitir su saber .