Viernes de Dolores

Además de las aguas frescas, se servían ricos bocadillos, porque la religiosidad católica mexicana siempre ha sido inteligente para combinar la penitencia con los sacrosantos placeres gastronómicos.

De los nombres femeninos que  están desapareciendo, uno es Dolores: las Lolitas van siendo ejemplares de museo. El viernes anterior a la Semana Santa sigue siendo, en la liturgia católica, el Viernes de Dolores, que en España y toda Iberoamérica era de muy especial conmemoración. Todos los cronistas e historiadores del México virreinal consignan  esa celebración y Guadalajara no era la excepción en esa fiesta popular.

      Casi hasta mediados del siglo pasado, la Perla conservaba buena parte de costumbres coloniales sobre todo en la Cuaresma: las familias  bien portadas imponían severos comportamientos durante todos esos cuarenta días: no se escuchaba música ni en la radio y toda la familia, de los más chicos a los más ancianos, acudían durante una semana a los diversos “ejercicios espirituales” en sus parroquias. Eran muy favorecidos los que se impartían en el templo de San José, con el famoso padre Diéguez, en San Felipe Neri con el padre Altamirano. En Catedral era muy renombrado el canónigo Ruiz Medrano. En todas las parroquias los predicadores intimaban el buen comportamiento con terribles amenazas de fuego eterno y desgracias por venir. El panorama que presenta Agustín Yáñez de las predicaciones intimidantes en los días de “Al filo del agua” no eran la excepción, sino la costumbre. Por supuesto que la famosa “vigilia”, es decir el abstenerse de comer carne en los viernes de Cuaresma se observaba con  todo rigor.

     El viernes de Dolores se conmemoraba con los “incendios”: en las casas tapatías del centro de la ciudad, la sala estaba a la entrada y con ventanales hacia la calle, por donde la gente observaba los altares a la Virgen de los Dolores con multitud de velas y veladoras encendidas, un verdadero incendio,  entre macetas con trigo joven y otra serie de vegetales entre los que sobresalían ingeniosos adornos de papel picado morado, color de la penitencia que enmarcaban la imagen de la Virgen dolorosa. Con el vistoso altar se preparaban también grandes ollas con aguas frescas. Los paseantes preguntaban, a través de las rejas: “¿ya lloró la Virgen”. La respuesta afirmativa se acompañaba con la invitación, a todo mundo, a pasar  al patio donde le servían un buen vaso con las lágrimas de la Virgen, de Jamaica, de limón con chía, de arroz y de tamarindo”. Los anfitriones invariablemente vestían de luto rigoroso, y los paseantes también.  Además de las aguas frescas, se servían ricos bocadillos, porque la religiosidad católica mexicana siempre ha sido inteligente para combinar la penitencia con los sacrosantos placeres gastronómicos. Y, en este rubro, habrá que decir que las lágrimas de la Virgen presagiaban, para la semana siguiente, la santa, las delicias de las empanadas, de variados sabores, que ofrecían todas las panaderías y los puestos callejeros a la salida de todos los templos. Digo la salida porque las mamás premiaban a los niños al salir de la visita al templo. La oratoria sagrada, la de los templos, no era tan presente ese día: se le reservaba para la semana próxima: las interminables piezas oratorias de “las siete palabras” en la tarde del viernes santo, cuando sobre todo las señoras no se cansaban de escuchar al predicador que hacía gala de imaginación y arte oratorio para comentar cada una de las frases que pronunció Jesús antes de morir. Guadalajara tuvo siempre brillantes oradores en los más renombrados templos del centro: Catedral, San Felipe Neri, la Merced, el Pilar, el Sagrario, Capuchinas, El Carmen. El Santuario de Guadalupe, muy venerado, no recuerdo que se distinguiera por sus predicadores.

            El viernes de Dolores indicaba también a los coheteros que ya era tiempo de preparar los Judas del sábado de Gloria que, en aquellos tiempos anteriores a las reformas litúrgicas de los años sesenta, se quemaban a media mañana del sábado, después de los larguísimos oficios de ese día. Los Judas eran ocasión del desahogo popular contra los gobernantes y gentes de la política: por lo común los muñecos representaban claramente a personajes odiados por el populacho: era un desahogo espontáneo en aquellos años en que la clase política era intocable. Ver la imagen del gobernador quemándose entre estallidos de cohetes era un placer en los largos periodos de nuestra vida pública terriblemente cohibida y reprimida.

            Las Lolas eran  festejadas con riquísimas cenas a las que se invitaba a los amigos.