Transvales y bienevales

Los camionestenían dos puertas, tengo idea de que uno bajaba por la delantera para que el chofer nos viera bien. Los camiones tenían asientos corridos a todo lo largo y otro en toda la parte trasera...y los botones para pedir la parada, porque antes uno jalaba un mecate.

Me preguntan mis alumnos si en mis años de adolescencia existían los transvales y los bienevales. Me preguntan también si yo pagaba seis  o cinco pesos. 

Al llegar yo a Guadalajara, en 1942, desempacado del rancho en que nací, no existía en esta  Perla el sistema de transporte urbano: había cuatro “líneas de camiones”: los Oblatos-Colonias, los Centro-Colonias, los Analco-Moderna y los de Tlaquepaque. Todos cobraran diez centavos de aquellos bellos pesos de plata del “cero, siete, veinte”, que era la ley para las monedas de plata: de a peso, de cincuenta centavos, los tostones, y las bellas monedas de veinte centavos. Las monedas de diez centavos y de cinco eran de níquel y las de un centavo y de dos  eran de bronce. A mí me daban en la mañana un tostón: cuarenta centavos para mis cuatro camiones porque en aquellos felices años, la escuela y los trabajos eran de mañana y tarde, porque de las dos a las cuatro de la tarde, civilizadamente los tapatíos comíamos y echábamos la siesta. El colegio Unión y el Instituto de Ciencias, lo mismo que el Cervantes y el naciente Anáhuac comenzaban las clases a las nueve de la mañana y las terminaban a las doce. Por la tarde,  teníamos clases de tres y media a cinco treinta. Pero, volviendo al tema inicial, no existían ni los transvales ni los bienevales. Todos pagábamos diez centavos al cobrador del camión: el chofer manejaba más tranquilo que ahora sin la molestia de cobrar. Los camiones tenían dos puertas,  tengo idea de que uno bajaba por la delantera para que el chofer nos viera bien. Los camiones tenían asientos corridos a todo lo largo, y otro en toda la parte trasera. Creo que sería hacia 1946, cuando comenzaron los asientos para dos personas, y los botones para pedir la parada, porque antes uno jalaba un mecate

A principios de los años cuarenta, la bella Perla Tapatía era  una ciudad bicicletera: se prestaba maravillosamente para la bicicleta: Guadalajara  para nada se parecía al conglomerado humano monstruoso donde ahora vivimos. En 1942, los Arcos no señalaban el principio de la ciudad porque de ahí a donde comenzaba la zona habitacional había mucho espacio. Los Arcos anunciaban que Guadalajara estaba próxima: no eran su entrada o comienzo. “Más allá” de la Calzada, sólo había tres calles empedradas de oriente a poniente: Catalán para comunicar con el camino a Tlaquepaque, Obregón para comunicar con San Andrés y República para facilitar la comunicación con Huentitán. De norte a sur sólo estaban empedradas las calles de Belisario Domínguez y Esteban Loera, que todos conocíamos como “la treintaicuatro”. Todas las demás calles de los sectores Libertad y Reforma eran calles de tierra, sin que faltaran ahí islotes de pasto y abundaran los mezquites. El tráfico de automóviles en toda la ciudad era extremadamente moderado. La bicicleta era el medio de transporte ideal. Muchos de mis compañeros del colegio usaban su bicicleta. El centro eran las pocas manzanas alrededor de la Catedral y del Palacio de Gobierno. A mí me sigue pareciendo una aberración decir “colonia centro”. No creo que nadie llegara a la Universidad, y mucho menos a la prepa, en auto particular: todo mundo en bicicleta, en camión o a pie, porque la extensión de la ciudad permitía que caminar a pie fuera lo habitual. Ya indiqué que las escuelas, el comercio y las oficinas de Gobierno tenían horario matutino y vespertino: ciudad civilizada que privilegiaba la hora de comer. No existía esa aberración de la comida rápida. Con excepción de los pocos hoteles de entonces, casi no existían los restaurantes: se comía con toda la familia cerca del mediodía. Para cenar fuera de casa existían las cenadurías sobre todo en los barrios. Para nada se usaban los desayunos de negocios o las  comidas para tratar asuntos: un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar; las comidas eran para comer civilizadamente, no para negociar. 

 No tengo datos exactos de cuándo comenzaron los camiones urbanos; probablemente a mediados de los años veinte. Hacia 1928 surgió Heliodoro Hernández Loza, quien, como él me contó, comenzó su carrera porque en una asamblea de los camioneros, era el único que sabía leer y escribir, y esa competencia lo catapultó a la política y a la Rotonda de los jaliscienses ilustres.