Tonantzin Guadalupe

Más dramática que la rendición de Cuauhtémoc en manos de Hernán Cortés fue la rendición de los sabios mexicas ante los "Doce Apóstoles" encabezados por Fray Martín de Valencia en Amecameca, en presencia de Hernán Cortés, 1524, cuando decidieron callar y, aún manteniendo la fe en los dioses de sus antepasados, toleraban el discurso religioso de los frailes. Los diálogos, dramáticos y conmovedores, entre los "doce apóstoles" franciscanos y los señores aztecas se pueden leer en Coloquios y doctrina cristiana, de Miguel León Portilla, UNAM, 1986.

En lenguaje, digno de Nezahualcóyotl y los poetas aztecas, se habla repetidamente del "Dios verdadero que gobierna, verdadero inventor de la gente, el verdadero Dador de la vida, el verdadero Dueño del cerca y del junto". El lenguaje teológico de los señores aztecas maravilla y conmueve por su fondo poético, expresión enormemente respetuosa y digna, a pesar de hablar ante los conquistadores; es muy acorde con la alta cultura mexica, expresión de un pensamiento elaborado y hermoso.

Si bien Pericles y Platón, en el apogeo de la cultura griega, al hablar de los supremos valores, tienen expresiones inteligentes y hermosas, sin duda los señores mexicas no se quedan atrás y, para mi gusto, superan a los griegos en profundidad poética y humana, y estoy de acuerdo con Clavigero y sus compañeros jesuitas desterrados al atreverse a parangonar a los antiguos mexicanos con los griegos, "cuando los mexicanos eran los amos", como dijo Pedro José Márquez.

Pero en 1524 ya no eran los amos sino los vencidos y su religión tenía también la categoría de vencida. Por fortuna poco después de 1550 se publicó el **Nicam Mopohua, la narración en náhuatl de las apariciones Guadalupanas y los mexicas vencidos volvieron a tomar aire: en lenguaje bello y sugerente, digno de sus grandes poetas, reciben un mensaje de aliento a través de una mujer: "Sábelo, que esté así en tu corazón, hijo mío el más pequeño, en verdad soy yo la en todo siempre doncella, Santa María, su madrecita de él, Dios verdadero. Dador de la vida, inventor de la gente, Dueño del cerca y del junto. Dueño de los cielos. Mucho quiero yo que aquí me levanten mi casita divina, donde mostraré, haré patente, entregaré a las gentes todo mi amor, mi mirada compasiva, mi ayuda, mi protección.

Porque en verdad, yo soy vuestra madrecita compasiva, tuya y de todos los hombres que vivís juntos en esta tierra… Allí en verdad oiré su llanto, su pesar, así yo enderezaré remediaré todas sus varias necesidades, sus miserias, sus pesares". Después de ir con el obispo, Juan Diego da cuenta a "la Señora del cielo" de su fracaso como embajador. El discurso de Juan Diego es también enraizadamente mexica en su dignidad y belleza, pero de un mexica vencido y sin esperanza: "Mi señora, noble señora, hija mía la más pequeña, mi muchachita, ya fui allá a donde me enviaste como mensajero… (El obispo) me recibió con agrado, pero así me respondió: otra vez vendrás, así despacio te escucharé…Por esto mucho te ruego, Señora mía, noble señora, mi muchachita, que a alguno de los preciosos nobles, los conocidos, reverenciados, honrados, así le encargues que lleve tu reverenciado aliento para que así sea creído". Pasaban los días y el obispo no daba audiencia y Juan Bernardino, tío de Juan Diego, enfermó de muerte. De nuevo el indio, que trataba de ocultarse, encontró a la Señora cariñosa: "Escucha, que así esté en tu corazón, hijo mío, el más pequeño, nada es lo que te aflige. Que no se perturbe tu rostro, tu corazón.

¿Acaso no estoy aquí, yo que soy tu madrecita?

¿Acaso no estás bajo mi sombra, y en resguardo? ¿Acaso no soy yo la razón de tu alegría? ¿No estás en mi regazo en donde yo te protejo? ¿Acaso te falta algo?".

No podía haber mensaje más alentador para los vencidos que la certeza de una protección fuerte y cariñosa que les devolvía la alegría y la esperanza de un auxilio para la vida dura que les esperaba. La fundación de la Iglesia en México fue la fe en la Guadalupana. No por nada los movimientos más auténticamente populares los ha abanderado la Virgen de Guadalupe: la independencia, la rebelión de Emiliano Zapata y la Cristiada. La rebelión de Ayotzinapa necesita esa bandera.