Tonantzin Guadalupe


Si el señor cura Morelos, el “siervo de la nación”,  viviera ahora, no hay duda de que ayer, día 12 de diciembre, hubiera estado de manteles largos porque él decretó que se festejara solemnemente a la Virgen de Guadalupe, “Patrona de nuestra independencia.” Morelos culminó el sentimiento nacional que fraguó vigorosamente en el siglo XVII al considerar a la Guadalupana como el símbolo nacional. La primera narración de las apariciones, el Nicam mopohua, es muy probablemente de mediados del siglo XVI, unos veinte años posterior a 1531, fecha del “milagro guadalupano”, pero no sería sino hasta 1648 cuando  Miguel Sánchez publicó su “Imagen de la Virgen María, Madre de Dios, milagrosamente aparecida en la Ciudad de México”, cuando la devoción guadalupana creció exponencialmente. Con razón un catedrático de la Universidad de México afirmó: “hablo y escribo por toda la patria que recibe esta historia, executoria de su grandeza”, y Luis Lasso de la Vega, capellán del santuario de Guadalupe, rotundamente exclamó que se sentía como Adán, que despertaba para ver que el Todopoderoso le había dado una compañera: “yo y todos mis antecesores, hemos sido Adanes dormidos y poseyendo a esta Eva segunda en el paraíso de su Guadalupe mexicano”. Párrafo barroco muy del siglo XVII. Casi al mismo tiempo, el doctor Luis Becerra Tanco, profesor de matemáticas y astrología, publicó un relato sobre las apariciones, intitulado Felicidad de México, en que presentaba las versiones española y náhuatl y trataba de dar cierta base histórica al relato. Poco después el provincial e historiador de los jesuitas, Francisco de Florencia afirmó que en cada pueblo y casa de la Nueva España tenía una copia de la imagen. Larga sería la narración de la historia de la devoción guadalupana que tendría su más clara manifestación cuando el señor cura Don Miguel Hidalgo tomó como estandarte de la guerra de independencia  la imagen de la morena del Tepeyac. No se olvide que durante esa lucha los realistas fusilaban la imagen de la Guadalupana como el enemigo a vencer y que el principal y más efectivo grupo insurgente lo formaban “los Guadalupes”.

No sé por qué relación mental me viene ahora el recuerdo de hace unos veinticinco años, cuando tuve la fortuna de participar varios años en “la caminata” a San Juan de los Lagos, en el muy frío enero alteño acompañando a los peregrinos de San Miguel Allende. A las cuatro de la mañana los cohetes despertaban al más de un millón de peregrinos. Se veía multitud de pequeñas fogatas para preparar el café,  mientras las bandas de música tocaban música guadalupana y cristera y los peregrinos iban dejando sus pertenencias en los camiones que las transportarían al siguiente lugar de reunión. Al instante cada pueblo se formaba ordenadamente: adelante sus imágenes, la Guadalupana y la Sanjuanita, luego las mujeres con sus rebozos y sombreros de palma, atrás los hombres y “mero atrás” los camilleros para recoger a los posibles enfermos. Me impresionó descubrir a ese otro México en el que todos se ayudaban, todos resultaban cercanos y apreciados; nada se perdía, ni una cartera ni un guante ni una bufanda; los soldados y policías que apoyaban a los peregrinos eran vistos con respeto. No olvido que en la noche del último día, ya en San Juan,  se formaban todos los policías para que el sacerdote les diera la bendición. Todo esto lo comento para los que quieren confundir al estado laico con el antirreligioso. Gracias a Dios, somos  un estado laico; Dios nos libre de ser un estado teocrático; pero el pueblo, en su gran mayoría, es católico y es guadalupano y me emocionaba escuchar en las frías madrugadas a las bandas que tocaban, como una unidad, música guadalupana y música de la revolución. El millón de peregrinos, de los que los de San Miguel Allende formábamos parte, no se diferenciaban de los noventa mil indios que, no lejos de San Juan de los Lagos, siguieron al señor cura Hidalgo, cuya obra continuaría el señor cura Morelos; ambos guadalupanos, como buenos mexicanos.

Se puede ser católico sin creer en las apariciones y en el bellísimo mensaje del Tepeyac, pero no se puede ser mexicano sin respetar al símbolo que unía a los insurgentes y a los zapatistas, que fueron el sector más popular y más mexicano de la Revolución.