Segundo Informe de Peña Nieto

No todos nuestros primeros mandatarios tuvieron la fortuna de presentar su segundo informe. Algunos ni siquiera el primero como fue el caso más dramático de Pedro Lascurain, en febrero de 1913, que no cumplió ni una hora en la silla presidencial. Los años trágicos entre Iturbide   y Don Benito vieron unas presidencias increíblemente efímeras que estuvieron muy lejos de cumplir un año para tener que presentar su informe ante el Congreso, solamente Guadalupe Victoria pudo completar su periodo presidencial;  por ejemplo José María Bocanegra en 1829 sólo duró del 18 al 23 de diciembre, ni siquiera el novenario completo de las posadas. Pedro Vélez, del triunvirato que completaban Lucas Alamán y Luis Quintanar, “gobernó” (¿?)  del 23 de diciembre de 1829 al 1 de enero de 1830. Y no hay que cansar al amable lector con la lista detallada de presidencias  efímeras, baste decir que el tapatío Valentín Gómez Farías fue presidente en cuatro ocasiones, pero sólo totalizó 8 meses en la silla. Sin embargo, durante esos meses dejó algo muy importante para la capital tapatía: señalar el 14 de febrero como fecha de la fundación de Guadalajara, porque ese día se festeja a San Valentín, patrono del político liberal. Su Alteza Serenísima ocupó la presidencia once veces, pero sólo en dos ocasiones pudo iniciar su segundo año, pero nunca los completó, de suerte que nunca presentó su segundo informe, como lo acaba de hacer Peña Nieto, sin olvidar que las once presidencias del jalapeño no totalizaron  seis años. Su última presidencia , tal vez la más larga, fue del 20 de abril de 1853 al 12 de agosto de 1855 y durante la cual se compuso el Himno Nacional, que en su versión original tenía una estrofa dedicada a Iturbide y otra al propio Santa Anna: “Del guerrero inmortal de Zempoala/ te defiende la espada terrible/ y sostiene su brazo invencible/ tu sagrado pendón tricolor. / El será del feliz mexicano/ en la paz y en la guerra el caudillo, / porque él supo sus armas de brillo/ circundar en los campos de honor/.  Por cierto que eso de “guerrero inmortal de Zempoala” es algo muy rebuscado y largo para expresarlo en esta breve columna. Durante esos años, además de Santa Anna sólo tres presidentes pudieron comenzar su segundo año: Anastasio Bustamante (1 de enero de  1830 al 14 de agosto de 1832), el jalisciense José Justo Corro (27 de febrero de 1836 al 19 de abril de 1837) y de nuevo Anastasio Bustamante (19 de abril de 1837 al  18 de marzo de 1839).

En el siglo XX, además de los presidentes nombrados por la Convención Revolucionaria de Aguascalientes, que duraron semanas en el poder, recordemos que Madero, Huerta y Carranza no terminaron sus periodos. Alvaro Obregón, presidente electo, no pudo tomar posesión y el Nopalito Pascual Ortiz Rubio no terminó su periodo. A partir de Lázaro Cárdenas (1934 a 1940) todos los presidentes, de Ávila Camacho a Felipe Calderón, han completado sus presidencias de seis años y han rendido sus informes correspondientes.

Para terminar, recuerdo que en mis años jóvenes me tocó vivir en la Ciudad de México los días del informe presidencial en el apogeo del presidencialismo con Ruiz Cortines y López Mateos: toda la refinada y muy bien aceitada maquinaria priista para  hacer ostentación del poder absoluto con miles y miles de acarreados y toneladas de confeti y papelitos de colores para inundar el cielo mientras la sacratísima persona del presidente viajaba, en un Cadillac descubierto, de la cámara de diputados, de la calle de  Donceles, pasando por Brasil y Cinco de Mayo, a Palacio Nacional, donde luego se tenía “el besamanos” al hombre más poderoso del país, que recibía los parabienes de gobernadores de los estados y del cuerpo diplomático, mientras los miles de acarreados saboreaban su torta y su refresco. De lo que más me indignaba del informe anual era la cifra de los miles de hectáreas que se repartían a los campesinos. Sumando lo de cada año, el país se repartió cuatro o cinco veces y, de lo que le aplaudí a Salinas fue el hecho de que suprimió en su gabinete la Secretaría de la Reforma Agraria, que era de lo más anacrónico y surrealista en este México donde Kafka resulta narrador de cuentos infantiles.