Refugiados y transterrados

En estos días se recuerda que hace 75 años llegaron a México nada menos que 20,000 españoles que huían de los horrores de la olorosa guerra civil en España. Al final de la contienda, casi medio millón de españoles huyeron a Francia en insalubres y muy incómodos campos de concentración. Muchos excombatientes y simples civiles tuvieron que huir en increíbles aventuras. Uno de esos  fugitivos fue mi entrañable amigo Xavier Scheifler Amézaga. Era un joven que cumplía su servicio militar cuando en 1936 estalló la lucha armada . “No veía yo razón de matar gente”, me contaba. Le tocó combatir en el bando republicano y el día que logró escaparse para no seguir matando semejantes, llegaron a Bilbao, donde él estaba, los franquistas. No recuerdo los detalles que me contó, pero técnicamente resultaba desertor de ambos bandos. Logró embarcarse no sé cómo, pero el hecho es que durante varias horas su  embarcación estuvo frente a un  puerto francés con peligro de ser deportado a España donde sin duda sería fusilado. Logró escapar y pudo huir a Bélgica donde se inscribió en la Facultad de Economía; pero, cuando gozaba de la tranquilidad de la vida civil de un universitario, estalló la Segunda Guerra Mundial y, tras otra muy peligrosa aventura, logró llegar a Veracruz y se contactó con un conocido que le dio trabajo en México. Un domingo visitó la Basílica de Guadalupe y se conmovió profundamente al ver la fe de los mexicanos sencillos y decidió quedarse en México y hacerse mexicano. Después entró a la Compañía de Jesús y posteriormente, habiéndose  doctorado en Economía en París, fue muy reconocido maestro de la Universidad Iberoamericana y luego rector del ITESO en Guadalajara, donde hicimos muy sincera y fraternal amistad. En Enero de 1996, lo visité en Tijuana en una clínica de Lomas Taurinas, donde murió con un cincuenta por ciento  de probabilidades  de haberlo hecho en la misma cama donde murió Colosio. Digo que cincuenta por ciento porque en el departamento de terapia intensiva de la modesta clínica de Lomas Taurinas solo había dos camas, y una de ellas  pudo haber sido la misma en que murió el político sonorense.

Mi inolvidable Xavier Scheifler me decía “tú eres mexicano porque naciste aquí, yo lo soy  por mi muy libre elección”. Fue uno de esos miles de  españoles que recibió el México de Lázaro Cárdenas. Interminable sería la lista de fugitivos  ilustres que se quedaron en México, José Gaos, Joaquín Xirau, Indalecio Prieto, Remedios Varo, Eulalio Ferrer, Ignacio Bolívar, Emilio Prados, Luis Cernuda, Luis  Buñuel, León Felipe, José Moreno Villa, Elvira Gascón, el padre Gallegos Rocafoul quien murió en  la recién fundada Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guadalajara, porque en plena clase le dio un infarto y una estudiante, Magdalena González Casillas, a falta de una almohada, colocó sus piernas debajo de la cabeza del  maestro moribundo para que no muriera sobre el frío metal de la banca que estaba afuera del salón  de clases.

El grueso de esos refugiados, a los que alguien clasificó certeramente como “transterrados”, llegaron en tres barcos: el Sinaia, el Ipanema y el Mexique. En el primero viajaron 953 hombres, 393 mujeres y 253 menores de 15 años, que hacían un total de 1599 fugitivos. Se indica que sólo el 1.1 por ciento eran analfabetas. Es indudable que eran personas cultivadas y un muy buen grupo de gente brillante, y una prueba clara es que, a poco de haber llegado fundaron la Casa de España que, tiempo después se convertiría en El Colegio de México, cuyo prestigio ha sido y es indiscutido.

Capítulo aparte merecen los famosos “niños de Morelia”, que habían llegado antes (10 de junio del 37).  La mayoría de familias “rojas” antirreligiosas llegan a una  ciudad muy católica como Morelia. Un buen número formó parejas con mexicanos, otros fueron adoptados, como los 3 que se trajo a Guadalajara  don Antonio Gómez Palomar . Algunos, después de 40 años regresaron a España. Uno de ellos narra su primera noche en Barcelona: “lloro por lo que perdí para siempre; por lo que ya me es extraño. Y por México, en donde están todos mis amores, que allá se mudaron un día. Lloro porque siendo muy español y muy mexicano, quizá he quedado a la postre, sin identidad” .