Presidentes y presidencias

No tengo idea de lo que dentro un siglo diga la historia sobre el presidente Enrique Peña Nieto y su presidencia. Por lo pronto me gustaría recordar a presidentes y presidencias del pasado. Después de la Independencia, durante casi cuarenta años, solo Guadalupe Victoria terminó su periodo presidencial: todos los demás subían y bajaban, volvían a subir y volvían a bajar: Su Alteza Serenísima ocupó la presidencia 11 veces. Luego llegaron el Benemérito y Don Porfirio, quienes encarnaron las presidencias autoritarias y totalitarias, sobre todo Díaz. A Don Benito nadie pudo quitarle la presidencia, solamente la muerte, que a nadie perdona, lo bajó de la silla. Don Benito y Don Porfirio encarnaron un tipo muy especial de presidentes: como dijo Lorenzo Meyer “se fundieron institución y personaje”: fueron a la vez el presidente y la presidencia y Luis XIV bien pudo haberse sentido reencarnado en los dos oaxaqueños: “el Estado soy yo”, había dicho el rey sol. “La República, México, soy yo” parecían decir los oaxaqueños. La tentación de encarnar al Estado no ha sido exclusiva del monarca francés: aún Luis Echeverría, sin la categoría de su tocayo Luis XIV se sentía la encarnación del Estado. Con mucha más clase, Charles de Gaulle se creía la personificación de La France. Recuerdo allá por 1967 cuando De Gaulle fue operado de la próstata, y el periódico satírico **Le Canard Enchainé, no perdonaba nada a ningún político, comentaba que, al regresar a su casa después de la operación, De Gaulle le dijo a su mujer: “viejita, antes dormías con La France, ahora dormirás con un continente”. Así como a Don Benito solo la muerte lo bajó de la presidencia, a Don Porfirio tuvieron que bajarlo de la silla con los 30-30 de Panchito Madero, de Pancho Villa y de Pascual Orozco. Llegó después la utopía ingenua de Madero, elegido prácticamente por unanimidad y aclamación; pero Huerta lo destronó. A Huerta lo bajaron los rifles de Zapata, las hordas carrancistas y obregonistas y los cañones de Villa y Felipe Ángeles. A Carranza, primer jefe y luego dizque presidente “electo”, lo bajaron también a balazos los forajidos de Herrero, lambiscones de Obregón quien luego puso en la presidencia a Fito de la Huerta, mientras “el manco de Celaya” se afilaba la mano que le quedaba. Después, como dijo Fuentes Mares, resultó el sonorensis sonreni lupus (el sonorense fue un lobo para el sonorense) porque Álvaro liquidó a Fito para que subiera Plutarco. La petite histoire cuenta que cuando De la Huerta, en 1924 se quiso lanzar a la carrera presidencia, le dijo Obregón: “mira, Fito, tú sabes cantar ópera, en cambio Plutarco y yo nomás sabemos política…la presidencia es para Plutarco”. Ya para terminar la presidencia de Elías Calles, Obregón se reeligió después de liquidar a sus oponentes; pero León Toral se encargó de que la silla presidencial quedara vacía. Llegaron luego los presidentes peleles: Portes Gil, el “Nopalito”, y Abelardo Rodríguez, pero en realidad el poderoso era Calles el jefe máximo que vivía frente a Chapultepec, por eso algún grafitero escribió en las paredes del Castillo: “aquí vive el presidente; el que manda vive enfrente”.

Con Lázaro Cárdenas, que desterró a su protector Calles, se creó un presidencialismo muy peculiar que, con sus matices, imperó desde Ávila Camacho hasta De la Madrid. Si bien Calles fundó el Partido Oficial, Cárdenas fue el que le dio la fuerza, organización y cohesión que la mantuvo en el poder muchos años hasta que llegó Vicente Fox. Cárdenas fue en mi concepto, quien dio fuerza a la presidencia sin importar quién la ocupara. Con Díaz Ordaz la presidencia entró en crisis. Salinas y Zedillo fueron presidentes de otra clase distinta a sus predecesores, de “la monarquía sexenal hereditaria” que atinadamente describió Cosío Villegas.  Reitero mi pregunta curiosa de cómo juzgará la historia al presidente Peña Nieto y su presidencia. Lo que sí sé es que difícilmente podrán repetirse hechos como los que llevaron a la presidencia a Don Benito y a Don Porfirio y creo también que tampoco habrá presidencias todopoderosas como fueron las de PNR, PRM y PRI hasta 1982. Por lo pronto, no se puede negar que la violencia en el país en el sexenio calderonista se está superando muy ampliamente en lo que lleva Peña Nieto en la presidencia.