Posadas y pastorelas

En México, los que escriben añoranzas de infancia, como Guillermo Prieto en Memorias de mis tiempos, o Agustín Yáñez en Flor de juegos antiguos, no dejan de recordar las posadas y la Navidad. De los tiempos de Sor Juana en que se privilegiaba el mes de diciembre con las posadas, a las posadas actuales hay un  abismo. Sor Juana y sus monjas se esforzaban en componer inspirados villancicos y en refinar sus recetas de cocina para festejar la Navidad en su convento adornado barrocamente  para preparar la Nochebuena. Revisando someramente la vida cotidiana europea, sobre todo en España e Italia en los siglos XVII y XVIII, no creo encontrar algo semejante a las costumbres de la Nueva España en las vísperas navideñas. Los bellos conciertos de Bach y Corelli para festejar la Navidad son sencillamente únicos en su inspiración y sentimiento, pero no tan alejados de nuestros músicos de la Nueva España;  sigo pensando que los cantos navideños más hermosos son los de lengua alemana, sin olvidar los compuestos por Martín Lutero. España, Francia, Italia y la Inglaterra de Haendel nos heredaron muy hermosos cantos navideños; pero creo que la combinación religiosa y festiva de nuestro mundo mestizo es única. Las posadas, en nuestras tierras, tuvieron un origen estrictamente religioso como parte del teatro misional iniciado por los franciscanos y agustinos: la procesión de los peregrinos pidiendo posada para pasar la noche, el diálogo entre María y José con los habitantes de Belén y la alegría de encontrar alojamiento eran la esencia de la posada antes de desembocar en la fiesta conjunta de los peregrinos y anfitriones en los bocadillos y ponches para culminar con la piñata, esencial en el mensaje del teatro misional: el cántaro adornado con vistosos y coloridos papeles que ocultaban la fruta y las colaciones. Se vendaban los ojos del que quería gozar de lo que el cántaro traía para representar que la fe andaba en busca del premio. Los siete picos de la piñata original representaban los siete pecados capitales a los que había que vencer con la fe.

Probablemente fue en el siglo XIX cuando las posadas fueron adquiriendo el carácter de fiestas familiares y de barrios. En la Ciudad de México fueron las numerosas vecindades las grandes promotoras de las posadas con la participación de toda la población. Aparecieron los diversos juegos de salón con premios y castigos y también los bailes en diversas modalidades. En las familias ricas la alta cocina, heredada de las recetas conventuales, hacían de la posada toda una experiencia gastronómica. Los ponches, buñuelos y  colaciones eran comunes a todas las posadas, a las de la alta sociedad y a las de las más humildes vecindades.

Las pastorelas fueron también parte del teatro misional y un recurso muy inteligente de popularizar la primera filosofía de la historia, la de La ciudad de Dios de San Agustín: la existencia humana, la historia universal como la lucha entre el bien y el mal, con el triunfo definitivo del bien. La pastorela era en verso y combinando la visión bíblica con alusiones picarescas a la vida del momento. El bien eran San Miguel y los pastores y el mal el demonio y sus tentaciones, con el triunfo final del bien: de San Miguel sobre el chamuco: “vencites, Miguel vencites”, decía el demonio derrotado.  No olvidemos que la visión marxista de la historia es herencia bíblica y de San Agustín: el paraíso terrenal es el comunismo primitivo; el “pecado original”, como decía Flores Magón, es la propiedad privada; la historia humana es la lucha entre el bien, el proletariado, y el mal, la burguesía, con el triunfo final de la sociedad sin clases, que sería la vida eterna de la Biblia y de la Ciudad de Dios.

Las posadas con sus piñatas y pastorelas eran muy ingeniosas maneras de evangelizar combinando la Biblia, la teología de la historia con la gastronomía y la fiesta. Esos franciscanos, como Bernardino de Sahagún y Motolinia, y los agustinos, como Fray Alonso de la Veracruz, fueron geniales educadores.

Las “posadas” actuales, muy entrecomilladas, es lo que queda de la genialidad de Sahagún, Pedro de Gante, Motolinia y que  otros genios de la educación  idearon para evangelizar a  nuestros antepasados educados en la belleza de la flor y el canto.