¡Pobre México!

Todos recordamos la famosa frase atribuida a Porfirio Díaz: “¡pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”.

Fue durante el último año de la presidencia de De la Madrid. Un sábado por la mañana, iba yo a mi  visita a las librerías del centro, las únicas que había entonces. Tomé la calle de López Cotilla en la Minerva y bajaba al centro. Me llamó mucho la atención  que en cada esquina había soldados y nadie podía atravesar la calle. Al llegar a mi destino, abajo  de Federalismo y al entrar a una librería, me sorprendió una marabunta de motocicletas, autos y enormes autobuses que bajaban a alta velocidad. Alguien comentó “ahí va el presidente”. Pero ¿exactamente dónde?,  ¿en un auto?, ¿en alguno de los enormes autobuses con cristales polarizados? Me quedé pensativo: ¿por qué esa desconfianza?, ¿por qué ocultarse del pueblo al que juró servir? ¿Por qué el gobernante temía que el pueblo lo viera? ¿Miedo a qué y porqué  Si el pueblo lo eligió porqué ese miedo?. ¿Porqué huir de su gente? Recordé los años del apogeo presidencialista de Ruiz Cortines y López Mateos en el “homenaje” anual del primero de Septiembre en el recorrido, digno de los emperadores romanos, de la Cámara de Diputados a Palacio Nacional entre la lluvia de confeti y serpentinas y los aplausos de las borregadas de la CTM, la CNOP, la CNC y demás tuercas y tornillos del sistema. En contraste, me vino a la memoria una bella imagen de mi libro de Historia Universal de quinto de primaria: San Luis Rey de Francia sentado bajo un árbol escuchando a su pueblo. Recordé también a gobernantes bíblicos y de la Iliada y otras lecturas clásicas: al rey, al  pastor de hombres rodeado de su pueblo. Recuerdo aún mi reflexión ese sábado: un gobernante que se tiene que esconder de su gente. Recordé aquella tarde de un lluvioso junio de 1942, cuando en una casa de la Avenida Vallarta, una o dos cuadras arriba de Tolsa (no Tolsá),  la actual Díaz de León, saludé de mano al presidente Ávila Camacho y que Doña Chole, su esposa, nos dio un besito de abuela a la veintena de niños del Colegio Unión que habíamos ido a recibir al presidente: nos colocaron  junto a los guardias presidenciales, que a pesar de  mi horror a los soldados, no nos intimidaron.

Todo esto lo recuerdo ahora, a inicios del 2015 en que la figura del presidente Peña Nieto para nada invita a saludarlo. Este año prudentemente no se expuso a que le chiflaran en la FIL: mejor no vino. ¿Quién le aplaude ahora?. ¡Cómo envidiará a Ruiz Cortines y los años del apantallante presidencialismo!.  Pienso que, desde Guadalupe Victoria hasta Felipe Calderón,  nunca había habido un presidente tan alejado y repudiado por su pueblo. No sólo el presidente, sino todo el sistema político mexicano, que es una versión moderna del autoritarismo de Don Benito y Don Porfirio, sin las bondades y cualidades de ambos. Si no hay cambios radicales en el sistema, me temo que el país esté arañando muy peligrosos riesgos. Lo reitero: no sólo el presidente, sino también los sistemas judiciales y legislativos. ¿Cómo es posible que en un país de pobres y miserables los diputados y jueces tengan aguinaldos de doscientos mil pesos o medio millón, cuando tenemos gente que ni siquiera puede comprar frijoles y tortillas?

Hace dos semanas mi chofer no pudo llegar a tiempo a recogerme y me habló: “me topé con la policía, luego le explico”. Resulta que un policía estatal con su motocicleta le dio un fuerte rayón y le dañó la carrocería, el otro motociclista, su compañero, se ingenió para ocultar la placa del agresor; llegaron luego a los pocos segundos, más policías y le dijeron a mi chofer: “no te pagamos nada, hazle como quieras”. Los policías son también parte del sistema político que padecemos. Hace mucho tiempo que, con sus muy honrosas excepciones, tenemos más miedo a la policía que  a otros delincuentes sin uniforme.

Capítulo aparte merecen los partidos políticos: no hay a cuál irle por el bien ganado desprestigio que se han ido elaborando.

Cajón de sastre. Se me había pasado felicitar a la Maestra en Letras Magdalena González Casillas por su merecido Premio Jalisco, en Letras, 2014.