Peña Nieto y su medalla de oro

A fines de enero de 1929 cuando fusilaron a José de León Toral, fue impresionante el impacto popular: las fotos del Archivo Casasola muestran a las multitudes dispersadas por las mangueras de los bomberos. Fueron  tumultos para asistir al sepelio del tímido dibujante que aprendió a disparar una pistola para quitarle la vida al general revolucionario más brillante que no perdió ninguna batalla, salvo la que libró contra Toral. Después de ser fusilado, el gobierno del presidente Portes Gil ordenó que suspendieran el cuerpo y le abrieran las arterias para desangrarlo, porque temían que la gente recogiera su sangre como reliquias memorables. Toral era un héroe porque le había quitado la vida al presidente electo Álvaro Obregón. No ha habido hecho semejante de que el pueblo repudiara a un presidente. Después del 2 de octubre de 1968 hubo numerosas expresiones de duelo y recriminaciones al gobierno: a García Barragán, secretario de la Defensa y al presidente Díaz Ordaz, pero no hubo manifestaciones de protesta en todo el país, a todos los niveles, con muy variados contingentes como ha habido ahora. A mí ese 2 de octubre me tocó vivirlo lejos de México, en París: recuerdo perfectamente que en la tarde, cuando al tomar el metro compré Le Monde, el diario que yo leía, vi a ocho columnas, lo recuerdo muy bien,  Fusillade a Tlatelolco  (descargas de fusilería, balacera, en Tlatelolco). En mis siete años en Europa fue la única vez que algo sobre México saliera a ocho columnas. Sin embargo las noticias y comentarios de los días siguientes eran variados. No faltaban las frases, de reporteros franceses, que atenuaban el hecho y aun lo justificaban por la cercanía a los juegos olímpicos. Ahora en cambio los hechos de Ayotzinapa siguen teniendo resonancia mundial con clara y absoluta reprobación al régimen de Peña Nieto. En toda la historia de México no había habido hechos tan universal y categóricamente reprobados.

Cuando Porfirio Díaz renunció a la presidencia y salió desterrado, hubo, básicamente en la capital del país, manifestaciones de rechazo al anciano presidente, pero el repudio no fue universal. Diódoro Batalla, periodista de oposición y que estuvo encarcelado catorce veces por sus escritos antiporfiristas, escribió: “si Don Porfirio se hubiera retirado seis años antes, el Popocatépetl sería poco para pedestal de su estatua”. Las manifestaciones contra Díaz no  fueron tan numerosas y repetidas como son las actuales contra Peña Nieto. Zedillo, con los “errores de diciembre” y el levantamiento zapatista, comenzó su gestión con notable rechazo y condena popular, pero nada comparable a lo que ahora sucede contra el presidente que juró gobernar correctamente y cumplir con la Constitución y que añadió: “si no lo hiciere, que el pueblo me lo demande”. Se lo está demandando. De la Madrid, con el temblor del 85 y otros hechos, fue criticado y combatido. Cuando López Portillo no defendió el peso “como perro”, y Echeverría con lo de “ni nos beneficia ni nos perjudica, sino todo lo contrario” fue justamente criticado. El “comes y te vas” y otras pifias de Vicente Fox fueron también censuradas y criticadas, pero con alcance e intensidad muy lejos de lo que ahora ocurre. En agosto de 1914, cuando Victoriano Huerta huyó del país, hubo alegría generalizada, pero tampoco comparable a lo de ahora. Se puede concluir con lo dicho arriba: en toda la historia de México nunca hubo algo tan radical y universal, tan justa y reiteradamente censurado como lo que ocurrió en Guerrero y, como se dijo, con reprobación de todo el mundo civilizado. En vísperas de la caída de Porfirio Díaz, James Creelman en su famoso reportaje se refirió al oaxaqueño como “héroe de las Américas, el hombre más grande del Continente”, y en su destierro europeo, el anciano expresidente recibió honores como, cuando visitó la tumba de Napoleón, que le pusieron en sus manos la espada del Gran Corso, y en Alemania el Kaiser le pidió que presidiera un desfile militar.

Regresando a Peña Nieto, digamos que lo que ahora le pasa es más dramático y sensible porque había logrado cierto respeto internacional, de suerte que, por lo mismo, la caída ha sido más estrepitosa. En la historia de pifias y desprestigios del gobierno, Peña Nieto ganó por aclamación unánime la medalla de oro. ¿Quién ganó la plata y quién el bronce?