Peña Nieto y Guadalupe Victoria

Al comenzar Peña Nieto su segundo año en la silla, no es  ocioso compararlo con sus antecesores en la presidencia. Nuestro primer presidente fue Don Miguel Fernández Félix, conocido como Guadalupe Victoria, antiguo insurgente. Al comenzar su segundo año, 1825, no tuvo que poner orden en Apatzingán; tampoco se enfrentó a los maestros amotinados, ni al cáncer de los infelices migrantes y mexicanos que se juegan la vida para pasar “al otro lado”. En cambio, tuvo que batallar con antiguos insurgentes convertidos en bandoleros y, algo muy importante en aquellos antieres, con que la Santa Sede reconociera al gobierno de la naciente nación mexicana. El obstáculo más serio que tenía era  la presencia odiosa del embajador estadounidense Joel R. Poinsset, uno de los personajes más funestos de nuestra historia, quien llegó con la espada desenvainada para tratar que México pasara a ser una estrella más en la bandera de los Estados Unidos. Estas líneas son muy pocas para enumerar siquiera todas las canalladas que Mister Poinsett nos hizo, la última, la menos grave pero la más recordada, fue habernos robado la paternidad de la Catarina , o Flor de Nochebuena, que importó a California y la cultivó en grande para luego exportarla por todo el mundo con el nombre de Poinsetta, que es como se conoce en todas partes y se ha hecho símbolo imprescindible de la Navidad. En el lejano 1968, en mis años de estudiante, le gané la apuesta, una comida en el Barrio Latino, a uno de mis maestros en París: que la Poinsetta era de origen mexicano. Recurrimos a una enciclopedia, creo que de Larousse, quien avaló mi afirmación. Pocos saben que la bella flor de Nochebuena nos la robó Mr. Poinsett, diplomático sinvergüenza que fue en buena parte quien logró que perdiéramos Texas y después atizó los fuegos para la muy injusta invasión de 1847.  Con razón, al considerar la acción de Poinsett en nuestro país y la acción política expansionista de Estados Unidos, escribió Luis Gonzaga Cuevas, en su libro El Porvenir de México, “Los Estados Unidos le deberían hacer una estatua monumental porque le dio a su país más que todos sus generales juntos en la guerra del 47”. Dos semanas antes de que Victoria comenzara su segundo año, Poinsett, al instalarse en la junta masónica, el gran Oriente Yeorquino, estableció El Partido Americano. Luego escribiría: “El partido que se dice haber sido creado por mí resultó en tal forma victorioso en las últimas elecciones, que ninguno de los pertenecientes al partido opuesto fue reelecto para la legislatura de los Estados”. Lorenzo de Zavala quien después favorecería la anexión de Texas a los Estados Unidos, escribió sobre estos políticos: “La mayor parte de los directores de estas sociedades secretas (logias masónicas) y los más acalorados partidarios eran lo que debe llamarse en los idiomas de los economistas “hombres improductivos.” (José Fuentes Mares, Poinsett, Historia de una gran intriga, México, Jus, 1958, p.110) Así es que al pobre de Guadalupe Victoria, desde su segundo año, le tocó lidiar con el sinvergüenza gringo de colmillo más que retorcido que, sobra decirlo, le comió todos los mandados. Todos deseamos ardientemente que Peña Nieto tenga más inteligencia y más pantalones que Victoria.

Creo que después de la rebelión de Manzo en 1929, no había habido ninguna insurrección tan peligrosa como la que ahora enfrenta Peña Nieto. La rebelión de Saturnino Cedillo contra Lázaro Cárdenas  en 1939 no creo que haya sido tan amenazante como la que ocurre ahora en la Tierra Caliente de Michoacán. Llamando las cosas por su nombre, estamos en una plena guerra civil, a pesar de todas las apariencias y declaraciones triunfalistas de nuestro presidente actual. Con su lucidez de siempre, la semana pasada, en esta misma columna escribió Guillermo Valdés Castellanos: “Michoacán, la tragedia de Estado desparecido. Al existir dos grupos que disputan valientemente su concepción de sociedad, seguridad y justicia se crea una situación de preguerra civil. Un escalón más abajo en la descomposición social y política. Por eso nuestra tragedia: la del Estado débil nacional y desaparecido en Michoacán”. (Acentos, en MILENIO 15 de enero, p.18).

En 1994, con el levantamiento zapatista de Marcos, se pensó de momento en un verdadero brote revolucionario altamente peligroso,  pero  el problema michoacano actual parece, con mucho, más alarmante y peligroso.