Mercados y supermercados

Los bienevales y los celulares no son las únicas novedades para los adolescentes de hace sesenta años. Otros elementos “supernormales”, como dicen los adolescentes de ahora, eran desconocidos para nosotros: los supermercados o grandes almacenes donde se venden por igual medicinas y licores, camisas y calzones, alimentos, artículos de limpieza, bicicletas y colchones.

El primer supermercado, y muy pequeño, del que tengo memoria en Guadalajara se estableció por la avenida Juárez, cerca del templo de El Carmen, hacia 1947. Me llamó la atención ver un lugar donde vendían comestibles envueltos en bolsas cerradas de plástico y de papel. Me impresionó el orden y la limpieza del lugar. Convencí a mi mamá de que lo visitara. Una tarde, mi mamá y mi papá tomaron su gran bolsa de ixtle multicolor y fueron “al mandado” al lugar que tanto les recomendé… No tardaron mucho en regresar, con la bolsa vacía y muy enojados. Mi mamá no se contuvo: “¿qué crees? Todo en bolsas que dizque de un kilo. ¿Cómo sabes que es un kilo, si no viste cómo lo pesaban? Luego no puedes tú tentar el frijol, no sabes cómo está “. Pero lo que más indignaba a mi mamá era que no se podía regatear como en el mercado. “Pos qué modos, te dan un precio y ya”.

Las amas de casa tapatías de los cuarenta tuvieron que sufrir todo un proceso de adaptación a la modernidad. Para mí, los primeros años del decenio de los cincuenta marcan la destapatización de la Perla. Mi mamá vivió los años en que los grandes almacenes comenzaron a borrar las panaderías de barrio con sus maravillas de antes: las chorreadas, las chilindrinas, las trompadas, los calzones, las revolcadas, los cocoles, los enredos, los puerquitos, las semitas, los picones. Recuerdo perfectamente una tarde en que acompañé a mi mamá al Santuario y, al regresar, pasamos por una panadería cercana y compramos una bolsota de pan: dos piezas por cinco centavos y al final nos dieron “la ganancia y el pilón”, es decir dos piezas de regalo. Además muchas panaderías entregaban el pan a domicilio: el panadero, en bicicleta, haciendo maravillas de equilibrio, llevaba sobre la cabeza un chiquigüite cubierto con un mantel con el pan recién horneado, y simultáneamente llevaba también una “tijera” de madera sobre la que colocaba el chiquigüite para que la señora o la sirvienta escogiera el pan. Desde los siglos virreinales, los tapatíos tenían excelentes tahonas y tahoneros que hacían maravillas con el trigo. Con la invasión francesa, Guadalajara se enriqueció con el pan salado, con el virote salado, que también, durante muchos años, se conocía como “pan francés”, maravilla culinaria que seguimos disfrutando.

El pan no era lo único que se entregaba a domicilio, también la leche recién ordeñada. Los niños y los adolescentes de antaño bebíamos leche bronca y no sabemos de enfermedades modernas como el rechazo a la lactosa y otros achaques que padecen ahora los jóvenes de sistemas digestivos subdesarrollados. Recuerdo también que en los barrios se anunciaba la leche de burra “para las mujeres que están criando”. No olvido los carritos que vendían camote y calabaza tatemada: se anunciaban con una especie de silbato muy peculiar.

En mi infancia y adolescencia nunca comí carne congelada: todo era fresco. La modernidad actual de comer pollo y chicharrones importados era algo desconocido. Existían los mercados y los tendajones de barrio donde se compraban verduras y legumbres frescas de las huertas que rodeaban la ciudad. Todo esto también lo ofrecían las “marchantas” que iban de casa en casa ofreciendo, además fruta de la estación: naranjas, mandarinas, mangos y ciruelas de la barranca, chicozapotes, y en mayo las delicias únicas de las pitayas de vivos colores y sabores únicos. Los tejocotes y las guámaras eran satanizadas por las mamás por sus efectos digestivos. Los tendajones o tienditas de la esquina tenían sus listas de deudores y de encargos: eran parte de la familia.

Los supermercados actuales, con sus innegables ventajas, nunca suplirán el sentido humano de convivencia de los mercados de siempre de todos los lugares del mundo. Mi mamá tenía razón: “qué modos de que todo te lo den ya empaquetado, sin verificar el peso y la calidad, y que no puedas platicar con la vendedora y regatear”.