Memorable centenario

Me temo que en este país desmemoriado el próximo lunes, 23 de junio, en plena enajenación del mundial, nadie recuerde el centenario de la toma de Zacatecas por Felipe Ángeles y Pancho Villa, que significó la caída de Victoriano Huerta, porque, como consecuencia lógica, vino, como fruto maduro que cae , la toma de Guadalajara el 8 de julio y el triunfo de los constitucionalistas. En Zacatecas se dio la batalla más memorable de la Revolución. Con la toma de Torreón, 12 de abril, el ejército federal quedó muy golpeado, al mismo tiempo que Carranza entendía que la columna dorsal de su ejército no era ni el ejército del Noroeste, de Obregón, ni el del Oriente de Pablo González, sino la División del Norte del insubordinado Pancho Villa y tuvo que firmar, con éste, los Pactos de Torreón.

Volviendo a Zacatecas, se solaza uno leyendo las memorias de Felipe Ángeles, antiguo maestro de estrategia en el Colegio Militar en tiempos de Porfirio Díaz. Ángeles, como Patton en la Segunda Guerra Mundial, era ávido lector de autores militares clásicos. Recuerdo que Patton, contra lo ordenado por Montgomery, para tomar Sicilia desembarcó en Siracusa, porque “así lo hizo Alcibiades en la Guerra  del Peloponeso de Tucídides”. Ángeles, lector de César y Tito Livio, tuvo semanas de obligada inactividad porque Carranza ordenó que no dieran combustible a los villistas para que no avanzaran y fuera Obregón quien llegara primero a la capital. Ángeles, merodeando Zacatecas, pudo estudiar perfectamente la topografía que rodeaba a la ciudad minera. Planeó la batalla con mapas detallados y valiosa información que fue recogiendo. Claro que también los federales tuvieron tiempo de planear la defensa de la ciudad protegida ya por las montañas circundantes. Ángeles, con toda calma y exactitud, fue colocando artillería dirigida contra las posiciones vitales de los federales y  trató de dar una batalla al estilo de Napoleón, con su etapa de preparación, acercamiento, cálculo de la función de la artillería, de la caballería y de la infantería; la fase de debilitamiento del enemigo, del ataque frontal y por los flancos y su “remate y conclusión”. Para esas fechas, mediados de 1914, la División del Norte estaba perfectamente uniformada, ordenada y disciplinada con el trabajo de meses del antiguo director del Colegio Militar. El 20 de junio Zacatecas estaba prácticamente sitiada y con las baterías villistas debidamente apuntadas sobre los blancos principales . El 23 por la mañana, muy temprano, Ángeles reunió a todos los jefes y luego desayunó con Villa y su estado mayor. A las ocho de la mañana, en pleno desayuno, se disparó un cañonazo para iniciar la batalla sobre los cerros que protegían a la ciudad. La certera  artillería  fue  barriendo las fortificaciones federales y a las 10 de la mañana la infantería fue subiendo por diferentes veredas, de suerte que, hacia las 12, la caballería, con el Siete Leguas a la cabeza, fue avanzando sin piedad sobre los cerros circundantes y comenzó a bajar a la bella ciudad minera. Los federales, reclutados por el odioso sistema de la leva no tenían la mística y convicción de los norteños de Villa y fueron cayendo. Hacia las seis de la tarde, Zacatecas era un desolado poblado cubierto de cadáveres . Ángeles, siguiendo sus lecturas militares, había previsto el remate final: dejó libre un corredor de Zacatecas a Guadalupe, porque lo demás eran montañas, y fue obligando a los despavoridos federales a tratar de huir por el único lugar posible, sin saber que Ángeles había dispuesto a ambos lados del corredor tiradores escogidos: fue una matanza terrible. Dice Ángeles que, al mismo tiempo que le apesadumbraba ver la matanza inmisericorde, tenía un profundo placer al ver que había sido una batalla perfecta, que incluía el remate y el colofón. El maestro de estrategia del Colegio Militar de Porfirio Díaz había puesto en práctica lo mejor de sus lecturas sobre las tácticas de Aníbal, Julio César y Napoleón.

Años después,  Carranza   preparó un jurado amañado para fusilar en Chihuahua al vencedor de Zacatecas y  ordenó que no le tiraran al corazón sino al vientre para prolongar la agonía. Luego, la Revolución fue devorando a sus propios hijos:  Villa, Carranza, Zapata y, al final, un dibujante tímido le disparó a quemarropa a Obregón que murió sobre un plato de mole poblano.