Marzo 14

Hace tres semanas, el Congreso del Estado emitió un decreto para conceder a la Universidad de Guadalajara el merecido título de Benemérita.

   La Universidad es una herencia de la Europa medieval, de una etapa  calumniada como obscurantista y retrógrada, cuando la realidad fue muy distinta: una época capaz de crear las bellísimas arquitecturas románicas y góticas es todo menos retrógrada. Una cultura que crea la Sainte Chapelle de París o las catedrales de Colonia, Reims y Chartres sólo puede llamarse obscurantista por una visión apasionadamente mentirosa y prejuiciada. Si en el apogeo de la Edad Media se crea la maravillosa institución que es la Universidad, ese período no se puede catalogar de obscurantista. Por si fuera poco, habrá que recordar que la Universidad surgió a la sombra de las catedrales. En México, el jacobinismo radical, trasnochado y al mismo tiempo vivo aún en Guadalajara, quisiera borrar esa historia; pero ahí está esa creación del obscurantismo de los siglos de las grandes  catedrales. La Universidad no nació en el siglo de la Ilustración o del Racionalismo: nació, como fruto espontáneo y natural del “obscurantismo” medieval y del pensamiento “retrógrado” de los monasterios y de las catedrales..  

“Lo que es un imperio en el orden político, eso es la Universidad en el mundo de la Filosofía y de las Ciencias. Ella es el poder soberano que custodia y coordina todo saber”, escribió en el siglo XIX el cardenal inglés Henry Newman, converso del anglicanismo al catolicismo. La palabra latina Universitas significa totalidad: era la universitas magistrorum et alumnorum (la totalidad de maestros y alumnos). Hay que subrayar que, si alguna institución en su origen fue libre y  democrática  fue la universidad: la gobernaban la totalidad de maestros y alumnos que se sentían independientes del  obispo y del rey. Sólo obedecían al Papa, que estaba muy lejos, en asuntos de fe: nada más. La Universidad, en sus primeros siglos,  fue la institución más libre, democrática  e independiente que haya existido. Si el obispo o el rey querían entrometerse, “la totalidad”, la universitas magistrorum et  alumnorum recogía su sello de un arcón de la sacristía catedralicia y se iba a otra ciudad, y la autoridad eclesiástica y civil  tenían que rectificar para no perder a esa “totalidad” pensante y vitalmente inquieta. Tuvo que venir Napoleón Bonaparte, nacido de la revolución, que guillotinó a sus reyes y creó un emperador,  para que la Universidad pasara al dominio del Estado y éste monopolizara las licencias para ejercer las diversas profesiones: para hacerla parte del sistema; aunque en Alemania, Italia y España no se siguió por este camino. En 1974, las altas autoridades de la Universidad de Guadalajara me invitaron a formar parte de esa universitas, de esa “totalidad”, cosa que agradezco de veras. Eran  los antiguos cachorros del FESO y alardeaban de ser una “universidad socialista, de izquierda”. Era el apogeo de un marxismo burdo y primitivo, a la vez que decadente y muy mal informado. Por supuesto que insistían en que nada tenían que ver con la Universidad que en 1792 se fundó a instancias de Fray Antonio Alcalde. En el acto de hace tres semanas, solemne y sobrio a la vez, me gustó que se haya nombrado repetidamente al “fraile de la calavera”, sin dejar de subrayar los   merecimientos de José Guadalupe Zuno, fundador de la nueva Universidad, de la actual. ¡Honor a quien honor merece! El honor de uno no le quita honor al otro. Quiero decir que de la Universidad de 1974 a la actual ha habido indiscutibles avances: ahora es  una universidad abierta, tolerante e incluyente. Entonces, 1974, varios  lidercillos de la FEG me amenazaron con “hablar a plomazos”, y en 1990, en los últimos estertores de esa FEG, mezcla de Al Capone y Robespierre,  estuve seriamente amenazado por lo mismo que Carlos III, en 1767 expulsó a los jesuitas: “por opinar, siendo que se había nacido para callar y obedecer”.

 Con una experiencia de cuarenta años en la Universidad de Guadalajara la  siento ahora mucho  más universidad que antes: abierta, incluyente,  más cercana a lo que decía Newman: “El poder soberano que custodia y coordina todo saber”, más semejante a los orígenes universitarios: a “la totalidad de maestros y alumnos en busca del saber” como decían los filósofos medievales de Bolonia, Oxford y París.