Del Marqués de Croix a Pancho Villa

El Marqués de Croix, el Conde de Revillagigedo y sus respectivas y muy nobles consortes nunca se imaginaron que, al pasar varios siglos, el majestuoso Palacio de los Virreyes se convertiría en el Palacio Nacional de México y que vería escenas inimaginables: que una chusma furibunda quemara la puerta principal, que arrojaran bombas Molotov, que hubiera que recurrir a las fuerzas policiacas, inexistentes en los tiempos virreinales, para defender la integridad física del palacio. Tampoco imaginaban que en lugar de virreyes vendrían unos señores llamados simplemente presidentes, adjetivo o participio activo del verbo presidir, que gobernarían parte del inmenso territorio de la Nueva España. Tampoco podían imaginar que a los refinamientos cortesanos de los Austrias y los Borbones, sucederían modales muy alejados de la etiqueta palaciega. Nunca imaginaron que el 4 de diciembre de 1914, ayer se cumplió un siglo, en lugar de una comitiva propia de los virreyes,  llegarían chusmas republicanas, o algo por el estilo,  cuando Pancho Villa se sentó en la silla presidencial, acompañado por Emiliano Zapata y que, poco después, en sus respectivas cabalgaduras llegarían a Xochimilco para intercambiar impresiones. Lo que platicaron en Xochimilco se ha convertido en historia oficial que conocemos como “El Pacto de Xochimilco”, en el que decidieron hacer la guerra a Venustiano Carranza y a su general estrella Álvaro Obregón, al que llamaban “el perfumado”.

La Historia Gráfica de la Revolución de Casasola nos heredó interesantísimas fotografías de los contingentes de Villa y de Zapata. Contra lo que mucha gente se imagina, las tropas villistas que llegaron a la capital del país, en diciembre de 1914, eran tropas bien armadas y uniformadas, con sombreros tejanos y chamarras,  según las ordenanzas de Felipe Ángeles. En cambio las tropas zapatistas, aunque había algunos jefes, como el propio Emiliano, con elegantes trajes de charro, las formaban campesinos morelenses mal vestidos, y  mucho mejor portados que los villistas. Parte del desprecio carrancista a los zapatistas era su indumentaria y procedencia: gente pobre del campo.  No se olvide que el himno zapatista era “el abandonado”: “me abandonates,  mujer, porque soy pobre y malaveriguado…” Los villistas llegaban a elegantes hoteles y buenos restaurantes donde se emborrachaban sin pagar. Los zapatistas dormían donde podrían: en el suelo; eran pobres y sin educación citadina, con calzones de manta y sombreros de ala ancha  de palma, muchos con una estampa guadalupana.  La mayoría analfabetas. Casasola reproduce una arenga del  general zapatista Estanislao Mendoza, el jefe Tanilo: “¡alto a la colurnia!...Soldados valientes, panteras de la nación, que meletais a las órdenes direitas del Chueco Mendoza, que soy yo. A lligado el momento di vacuar esta plaza, y salir pa’ Juanacatepec. An lligado a mis óidos esas mermuraciones por esas idas y venidas y por esas güeltas y regüeltas  sin saber que son estrategias de guerra. Y todo aquel Jefe, Uficial o Soldado de tropa que se ande menstruando en asuntos que no son de su concupicencia o será fusilado, cañoneado y pisoteado por nuestras propias armas. Y al lligar a dicha plaza , las infanterías de a pie se afornicarán de dos en dos en las esquinas, y yo con las infanterías de a caballo me subiré en aquella loma y dende allí especularé con mis espejuelos di aumento los movimientos estratégicos del enemigo, y que mi compadre Cerilo se monte en aquella mula blanca con su gente, y si no que se monte en la mula de Chuy, pero que le jalen duro qui ay viene el enemigo.” (Tomo II, p. 880). No olvidar que Zapata murió acribillado en su caballo al entrar a Chinameca, mientras que Villa murió al volante de un automóvil, siendo lo que más odiaba: hacendado. Por cierto que mi primera credencial de maestro federal, en 1961 en Chihuahua, está firmada por el Secretario de Educación del Estado, el profesor Jesús Coello Avendaño, maestro de la escuela que puso Villa en Canutillo y que, después, en tiempos de Lázaro Cárdenas, fue uno los cobardes que, en grupo,  mató a puñetazos y puntapiés al sacerdote Pedro Maldonado, 1937,último de la lista de mártires, mal llamados “mártires de la Cristiada”: el primero fue el padre Galván, asesinado en Guadalajara por los carrancistas en enero de 1914, y el último el mencionado padre Maldonado asesinado por Coello y su chusma.