De Luis XIV a León Toral

Como mañana, 23 de noviembre, es aniversario del fusilamiento de los acusados de querer matar a Obregón, el 13 de Noviembre de 1927, estaba hurgando entre mis papeles para buscar algo al respecto; pero me encontré un documento que consideraba extraviado desde hace años, relativo a José de León Toral, quien, al fin de cuentas, ejecutó a Álvaro Obregón. Empleé el verbo “ejecutar” porque Luis Segura Vilchis y José González, que atentaron contra Obregón el 13 de noviembre, empleaban las fórmulas “ejecución” y “acción de guerra” cuando pensaron, muy ingenuamente,  que “ejecutando” al Manco de Celaya terminarían con la lucha fraterna entre soldados federales y cristeros. Por lo tanto, según ellos, la ejecución de Obregón era una “acción de guerra”, de la guerra cristera.

El documento al que me refiero y tengo a la vista es una declaración firmada por Vicente Camacho,  párroco de San Miguel, en 1929, Salvador Cuéllar, Manuel Cuéllar y el presbítero Ignacio González Vázquez. El documento, no me cabe duda, es auténtico, y no recuerdo quién me lo proporcionó. Tal vez, Jesús Padilla, de los muy cercanos a Lauro Rocha, que encabezó la segunda Cristiada en los años treinta.

Antes de dar cuenta de lo que dice el documento, debo recordar que una costumbre muy medieval y hasta bien entrada la edad moderna era conservar reliquias y que los reyes  heredaban  diversos miembros de su cuerpo a determinados monasterios o santuarios. Así, por ejemplo, Luis XIV heredó su corazón a los jesuitas de París del templo que tenían en el muy parisino barrio de Les Marais, mientras otras partes de su cuerpo se esparcían en monasterios y catedrales. No olvidemos que en Guadalajara, por decenios, se conservaba en el Museo el brazo de Primitivo Ron y que no sería sino hasta los setenta u ochenta del siglo pasado cuando el brazo de Obregón se seguía exhibiendo en, un frasco con formol, en la Bombilla.

Transcribo el primer párrafo del “papel” en cuestión: “Los suscritos hacemos constar que hoy, septiembre 4 de 1929, fue depositada debajo del altar de la Santísima Virgen de Guadalupe, de la parroquia de San Miguel de esta ciudad (de Guadalajara), una cajita de madera labrada conteniendo un frasco de cristal de forma cilíndrica en el cual se conserva el corazón  de José de León Toral, notándose en él la herida de una de las balas que le causaron la muerte”. Se hace notar que el señor cura Camacho es depositario de la “reliquia”, pero que el poseedor es el ingeniero Salvador Cuéllar. En el mismo acto se depositó bajo el mismo altar “un frasco de base cuadrada en cuyo interior  se encuentra el corazón del heroico general en jefe del Ejército Libertador, llamado Guardia Nacional de Cristo-Rey, Sr. Enrique Gorostieta.”

Cuando fusilaron a José de León Toral, las autoridades militares ordenaron que antes de entregar el cadáver a la familia, lo colgaran en tal forma que, después de cortarle las arterias, corriera toda la sangre “para evitar que el pueblo mojara pañuelos para guardar reliquias. Por lo visto, los ejecutores conocían muy bien los hábitos de la gente deseosa de conservar reliquias. Un tema interesante para antropólogos, sociólogos, psicólogos y demás curiosos del comportamiento humano. Las fotografías de Casasola nos muestran a las multitudes de capitalinos que acompañaron al sepulcro a León Toral y la policía y los bomberos tuvieron que emplear mangueras para que los chorros dispersaran a las multitudes: León Toral fue, para muchos mexicanos, un héroe.

Por cierto que, según confesión de Toral, el 13 de noviembre, al enterarse del atentado contra Obregón, se indignó: ¿cómo es posible que católicos se atrevan a matar a alguien?; pero en la noche del 23 de noviembre, en los velorios de los hermanos Pro, fusilados sin la menor prueba de culpabilidad, Toral comenzó a pensar en  matar a Obregón. Una ironía más de nuestra historia fue que el Manco de Celaya, nunca vencido en la revolución y otros incidentes, fuera ejecutado por un dibujante tímido que nunca había tomado una pistola y que días antes se fue a un cerro para medio aprender a empuñar una pistola y disparar, por eso se ingenió para poner la pistola sobre el rostro de Obregón: para no fallar.

Como ven, la historia es apasionante: realidades, chismes y… otras cosas.