Junio 13

Fecha muy importante, el 13 de junio, para los tapatíos de antes. Guadalajara está muy ligada a los franciscanos: la Virgen de Zapopan, desde 1734, llegaba a la ciudad el día de la fiesta del franciscano San Antonio de Padua, 13 de junio, y regresaba, la “llevaban” el día de la fiesta del Señor San Francisco, el 4 de Octubre. Fue el Arzobispo José Garibi Rivera, en 1942, quien tuvo la idea de cambiar la fecha de “la llevada” al 12 de Octubre, aprovechando el asueto del  “Día de la Raza”. Sin olvidar que fue un 13 de junio, de 1821, cuando en San Pedro Tlaquepaque la Nueva Galicia declaró su independencia de España, antes de que lo hiciera la Nueva España.

“En Guadalajara las aguas comienzan el día de San Antoñito, llueva o no llueva” decían nuestros bisabuelos, de suerte que hoy oficialmente comienzan las lluvias. Si llueve antes  no son lluvias oficiales, “son simples gotas que caen”.

No olvido aquellas noches, a finales de junio, en 1943,  1944, 1945, cuando de la “Solemne Proclamación de Premios” del Instituto de Ciencias en el Teatro Degollado.  En mi familia no teníamos auto, de suerte que ante los tormentones nocturnos de fines de junio “ocupábamos” regresar a casa en carro de sitio. Además,  junto con los aguaceros torrenciales y el regreso a casa en “carro de sitio”, recuerdo que me compraban zapatos para la “solemne proclamación”, y debía yo tener mucho cuidado para no meterlos al agua.

En junio de 1946, estaba yo en México en primero de secundaria, de suerte que me tocó allá el tiempo de aguas. En el Instituto Bachilleratos, futuro Instituto Patria, teníamos actividades por la tarde, a la salida. Los viernes teníamos la Academia de Cultura Estética, donde nos iniciaban en la escucha de música clásica: nos exponían la vida del compositor y luego nos preparaban para  escuchar  alguna de sus mejores composiciones. No existían las maravillas  modernas  y cada obra estaba en albums de discos de pasta, que no dejaban de hacer “ruidito” con el roce de la aguja sobre el disco. No sería sino a principios de los cincuenta cuando apareció el LP (long playing) que tenía una sinfonía en un solo disco; luego apareció el high fidelity, y, si la memoria no me falla, no sería sino hacia 1967 cuando apareció la maravilla del stereo. En mis tiempos de secundaria, en un gran salón, colocaban el tocadiscos sobre un mueble mejor iluminado y todos, casi a obscuras, nos concentrábamos en la música. Fue un viernes, como dije, cuando escuchamos la Pastoral de Beethoven y quedé fascinado con el movimiento sobre la tempestad, y el maestro, el Lic. Ubaldo Vargas, me dijo al salir: “te noté muy emocionado, ¿verdad?”. Le respondí que había pensado en las tormentas de mi lejana Guadalajara: “allá –le dije- allá llueve de veras, no como aquí (en México) donde solo cae agua y…ya. En cambio en Guadalajara vemos relámpagos y escuchamos los truenos. Aquí en México las lluvias son sin chiste, son aburridas, uno se moja y ya”. Claro que, ya en secundaria, no podía hacer lo que había hecho en Guadalajara, en la primaria: ponerme mi pantalón de brincacharcos y salir a la calle para meterme en las corrientes. ¡Cómo gozábamos los niños tapatíos en tiempo de aguas! Tanto en las calles pavimentadas del centro, como en las empedradas y las de simple tierra del Sector Libertad, corría el agua y los niños hacíamos barquitos de papel, que seguíamos hasta que irremisiblemente se hundían. Hacíamos también puentes con  tablas para que pasara la gente grande, a la que dábamos la mano para ayudarlos, a cambio de cinco centavos de níquel. Al regresar a casa, me bañaba y me ponía mi piyama de franela calientita, mientras mi mamá preparaba una taza de canela humeante para entrar en calor. Luego, me ponía jitomates calientes en las plantas de los pies para calentarlos  y poder dormir mi noche de junio tapatío.  

En 1946, en la capital del país, no fui el primero en añorar las lluvias de Guadalajara; ya mucho antes, hacia 1769, Francisco Xavier Clavigero, en su destierro en Bolonia, recordaba con nostalgia las lluvias y las tormentas eléctricas de su llorada y muy lejana Guadalajara, a la que nunca pudo volver.