Hoy hace cincuenta años

Hace ya muchos años,  1974, el Lic. Carlos Ramírez Ladewig me invitó a dar clases en la Universidad de Guadalajara. De hecho solicitó que diez jesuitas nos incorporáramos a la Universidad, ¡como si los jesuitas fuéramos planta silvestre! Accedí a la invitación, sin imaginar que sería una experiencia maravillosa. Excepto Don Manuel Rodríguez Lapuente y el Lic. Becerra Zavala, que se dirigían a mí, como “padre,”  todo mundo en la UdeG me decía “doctor”, porque eso de “padre” era contra la ideología universitaria que en esos años se ufanaba de ser “socialista” y la moda era el marxismo, aunque reducido a Marta Harneker. Me sentía  contento cuando alguien tenía “la valentía” de dirigirse a mí como “padre”; por eso se me ocurre  recordar eso, porque, hoy, hace 50 años, recibí la ordenación sacerdotal en la que soñé desde que era niño y  adolescente. Uno de los primeros libros que leí, cuando tendría unos diez años, fue la vida de San Francisco Javier, misionero jesuita  de la India y del Japón. En mi imaginación de niño recreaba la imagen del misionero viajando por el Oriente, hablando con bonzos y mandarines. Como a los doce años leí la vida del jesuita Miguel Agustín Pro a quien asesinaron los lacayos de Obregón y Calles. Me impresionó la vida de un  hombre alegre, ingenioso, simpático, que se jugaba la vida al ejercer su labor,  ayudando a los pobres y desafiando al Gobierno en ministerios religiosos. En Guadalajara vivíamos en el sector Libertad, Obregón y la calle 42, y en tiempos de vacaciones acompañaba yo al párroco, el Sr. Cura Rafael Meza Ledesma cuando llevaba la comunión a los enfermos. Me impresionó tremendamente ver cómo dejaba en paz a los enfermos y a sus familias en aquellas casas de adobe, algunas sin camas y sólo con petates. Sentía algo indescriptible al ver que serenaba a los moribundos y llevaba  alegría a toda la gente. En el colegio leí biografías del padre Kino y los misioneros del noroeste de México; pero las biografías de San Francisco Javier y del padre Miguel Agustín Pro trabajaron intensamente en mi mente de adolescente y  la personalidad  de Don Rafael Meza Ledesma fueron decisivas en mi deseo  de hacerme sacerdote.

En el Colegio Unión, que era la primaria del Instituto de Ciencias, desde cuarto año tuve profesores jesuitas que  me cautivaron por  su alegría y su vitalidad:  me impactó ver gente joven realizada y feliz.  No olvido que las clases de historia y de religión eran las que más me gustaban. Luego, en la Ciudad de México estudié la secundaria  con los jesuitas en el Instituto Bachilleratos, futuro Instituto Patria. A principios de enero de 1949, en la vieja estación de ferrocarriles de Guadalajara, me despedí de mis padres, pensando que nunca los volvería a ver y entré  al noviciado de los jesuitas, en Santiago Tianguistenco,  cerca de Toluca. Casi al entrar, una tarde el maestro de novicios nos presentó la escena del Evangelio en que Jesús invita a Santiago y Juan a acompañarlo y hacerlos pescadores de hombres: “vengan conmigo”. Aún recuerdo que eran como las cinco  de la tarde, la misma hora de la narración evangélica, y que sentí algo, o mucho,  dentro de mí. Nunca he olvidado esa tarde. En 1964, año de mi ordenación, comencé a estudiar Historia en la Universidad Iberoamericana con dos compañeros y cuarenta guapas compañeras que me chiqueaban siempre y que se ponían de acuerdo para llevarme en coche del seminario a la Universidad y darme apuntes de las clases a las que no podía asistir. A todas les gustaba la idea de que yo fuera a ser sacerdote, aunque  dos maestras izquierdizantes me repetían  que mi decisión era “un gran desperdicio”.

El sábado 24 de octubre, en ceremonia emocionante que me gusta recordar, el obispo auxiliar de México me consagró las manos para poder bendecir y consagrar el pan y el vino; me dio la facultad de absolver para animar y ayudar a toda la gente. Me hice sacerdote para tratar de que todos aprecien a Jesucristo y a su Iglesia con la continua aspiración de que en  este mundo cada día haya más justicia y todos se preocupen por ver por los demás, sobre todo  los más pobres, los tristes y los solitarios.