Guadalajara amable

Hace ocho días en la solemne ceremonia en que el Ayuntamiento  entregó la medalla Ciudad de Guadalajara, tuve el privilegio de dirigir la palabra al Señor Presidente Municipal y a su cuerpo de regidores. Me permití pedirles que, junto con el gobierno estatal y todas las bellas tapatías y todos los tapatíos de corazón hagamos lo imposible por recuperar la Guadalajara que conocimos: la bella ciudad de mis abuelos y de mis padres, la que añora Agustín Yánez en su Flor de Juegos Antiguos , la de aquellas generaciones de la Guerra de Reforma, la de los tapatíos altivos que se enfrentaban a los gobiernos del Centro para defender su vida provinciana, aquella en que los novios llevaban serenata a sus prometidas en noches seguras, sin ningún temor. Cuando se organizaban festejos en los barrios y en los vecindarios para solemnizar las alegrías familiares con los amigos e invitados. Antes de Navidad el novenario de las Posadas con sus rezos, sus cantos y procesiones con velitas de colores y sus piñatas de cántaros de barro llenos de tejocotes, limas, cañas y jícamas, mientras se repartían ponches y humeantes  canelas.

      Cómo lamento que la actual Guadalajara ya no asea ciudad amigable sino monstruoso conjunto de humanos que no se conocen y cada día luchan para sobrevivir y sobreponerse a reformas hacendarias y políticas. Nuestra Perla era provinciana, amable, fraternal, pueblerina, humana. La Guadalajara de los barrios, donde los niños salían a jugar a la calle con los vecinos, que todos se conocían, mientras la gente grande, sentada en equipales fumaba o compartía la canela, los tamales y los atoles. Las campanas de los templos acompasaban la vida del amanecer, del medio día y del atardecer.

     No conocíamos los supermercados agringados con alimentos de importación, sino que en los mercados de barrio y en los tendejones familiares comprábamos los productos de nuestra tierra. En invierno las mandarinas, limas y naranjas: en mayo, las pitayas de Amacueca y Techaluta; luego las ciruelas de la Barranca y las tunas.

   Párrafo aparte serían los placeres del tiempo de aguas, cuando los niños, con pantalones de brincacharcos nos divertíamos mojándonos con los arroyos que corrían por las calles, donde, con tablones y piedras construíamos “puentes” para que  pasara la gente grande, a la que dábamos la mano, en la espera de recibir un centavo o una moneda grandota de dos centavos, y fabricábamos barquitos de papel.

  Tal vez lo que más añoramos es la seguridad de que siempre gozamos, sin temores de pandillas o drogadictos. Cierto que, hasta donde recuerdo, siempre había el mariguano del barrio, que era por lo común algún anciano, veterano de la revolución, alguien recogido en la leva y obligado a ser soldado del ejército federal y que, con frecuencia, nos contaba historias reales o inventados de los tiempos de Pancho Villa o Pedro Zamora.

   No eran raras las guitarreadas en alguna casa ya conocida donde ensayaban las futuras Luchas Reyes o Titos Guizar.

  Cómo recuerdo los tacos estilo México de los portales y sus puestos de jericayas, charamuscas y alfajores; las nieves de los Nicolases y las fritangas de los mercados: sopes y tostadas; las tortas del Santuario y los tejuinos y tepaches para acompañar los pozoles callejeros. Los volantines y ruedas de la fortuna en las afueras de los templos en las variadas fiestas patronales. El agua de chía y de horchata para “bajar” las empanadas del Jueves Santo; las cañas, las guasanas y las guámaras; las nieves de garrafa y las nieves raspadas; la fruta de horno que colocaban en cajas de cristal descubiertas, mientras la vendedora agitaba continuamente un plumero de colores para espantar las moscas.

      Añoro también los clásicos Guadalajara-Márgaras del campo del Atlas y del Parque Oro,  y, desde que el Guadalajara se convirtió en Las Chivas, los encuentros Chivas-Atlas en el estadio Jalisco, con su inolvidable  ambiente que, el funesto dueño del Omnilife, o como se llame, se dedicó a borrar.

   El tiempo nunca vuelve, siempre avanza, pero en este siglo XXI no dejo de añorar la Guadalajara provinciana, amable, fraterna, con sus casas de bellos canceles y puertas abiertas por las que se veían los patios con floridas macetas; la Guadalajara que olía a tierra mojada y floreciente de vida  con sus bellas mujeres de ojos tapatíos.