Guadalajara agosto de 1914

“Guadalaxarenses, qui fere nascuntur acuto et praeclaro ingenio”, es decir “los tapatíos que por lo común nacen con agudo y notable ingenio”, escribió Juan Luis Maneiro, al hablar de los alumnos de Francisco Xavier Clavigero en la Guadalajara de 1766. Al año siguiente, el gran historiador, con sus más de 700 compañeros jesuitas fue expulsado de todos los territorios de la Corona española, por el crimen de pensar y opinar: “Sepan desde hoy y para lo venidero todos los súbditos del monarca que ocupa el trono de España que nacieron para callar y obedecer y no para opinar en asuntos de gobierno”, fueron las palabras con las que terminaba el decreto de expulsión; y los jesuitas, en la madrugada del 25 de junio de 1767 fueron amontonados en carretas y conducidos a Veracruz para mandarlos a Europa. Sin embargo, hacia 1900 regresaron a Guadalajara y en 1906 volvieron a fundar un colegio: el Instituto de San José, en un edificio que habían construido los padres filipenses y que Don Benito, el ídolo de Carranza, se carranceó hacia 1860. El edificio se lo compraron al gobierno federal varias tapatías, encabezadas por Doña Margarita Pérez Verdía y lo dieron a los jesuitas para que fundaran su colegio, el actual Instituto de Ciencias. En 1914, el colegio gozaba de muy buena fama por su nivel académico, sus teams de football, de base-ball y de lawn tenis, sus laboratorios y la excelente biblioteca; pero, a los dos días de la entrada a Guadalajara de las tropas de Obregón y Diéguez, a las 10 de la mañana, el teniente Luis Piña, al frente de un piquete de soldados, se presentó en el colegio con la orden de ocuparlo. Y lo ocuparon los soldados y sus soldaderas. Al día siguiente todas las cañerías habían reventado porque los carrancistas y sobre todo las carrancistas habían arrojado sus vestidos sucios a los excusados y a los desagües de los baños. La exaltada Atala Apodaca exhortaba a las tropas y a la población al “degüello” de los jesuitas, y el día 21 de julio apresaron a los jesuitas que quedaban en el colegio, la actual Preparatoria de Jalisco. El 24, Diéguez visitó a todos los sacerdotes y religiosos que habían apresado en la penitenciaría de Escobedo, donde está ahora el Parque de la Revolución, y exigía que los presos le dieran pormenores del “complot clerical” contra la revolución… El día 27, al regresar Obregón de Manzanillo, se molestó por el tratamiento dado a los presos que, al día siguiente fueron liberados. El colegio había sido ocupado por un capitán Valenzuela, quien mostró benevolencia hacia los jesuitas porque en Sonora había conocido al jesuita Manuel Piñán y guardaba muy buenos recuerdos de él, de suerte que el colegio, a diferencia del Seminario, la futura XV Zona Militar, no fue saqueado; pero Obregón insistió con el capitán Valenzuela para que el colegio no se devolviera. El primero de agosto, por órdenes de Diéguez, se confiscó oficialmente el colegio. El 3 de agosto se dictaminó que todos los sacerdotes no mexicanos deberían abandonar el país por el puerto de Manzanillo. Dado que los extranjeros eran todos europeos suplicaron que, en todo caso, se les expulsara por Veracruz o por el norte para de ahí regresar a sus países, pero Diéguez fue inflexible.

El 10 de agosto se citó a todos los sacerdotes y religiosos extranjeros a la estación del ferrocarril.  Eran 17 maristas, cinco salesianos, cuatro juaninos (dedicados a cuidar enfermos mentales), tres sacerdotes seculares, y 18 jesuitas. Tuvieron la crueldad de llevar a la estación bandas de música para tocar música chinaca, sobresaliendo el “adiós, mamá Carlota”, y, al abordar el tren, “Las golondrinas”. Muchos tapatíos se agolparon en la estación para despedir a sus maestros. Los jesuitas se despidieron, desde la escalerilla del tren, con el repetido grito “¡Viva Guadalajara!”, según me comentó el papá de Jesús Guerrero Santos, quien, al recordar la escena, se emocionaba mucho. No sé si fue el P. Decorme o el P. de Grot, quien repetía lo más fuerte que podía: “Volveremos, volveremos”. Y volvieron en 1920, con renovado  entusiasmo, poco antes de que Manuel Macario Diéguez, en la rebelión delahuertista contra Obregón, fuera fusilado por órdenes del Manco de Celaya.