Graduación y desempleo

En las  mañanas, de lunes a viernes, trabajo  (y, como buen ochentón, me echo más de una pestañeada) en mi oficina de la Biblioteca del CUCSH, a un lado del auditorio Salvador Allende, en el que con mucha frecuencia hay graduaciones de muy diversas escuelas de la UdeG y de  incorporadas. La concurrencia es digna de variados estudios: papás y mamás, abuelas y abuelos, hermanos y hermanas de los graduados. La forma de vestir muy variada: atuendos sobrios y elegantes, que son los menos; vestimentas juveniles muy de moda, pero muy ridículas y de mal gusto. Me sorprenden los obesos, y sobre todo las obesas con pantalones ajustados que resaltan la gordura; tacones ridículamente altos y suelas “coloradas”; vestidos muy escotados en días de climas gélidos; peinados “originales”, rebuscados. Los graduados y las graduadas que se sienten incómodas en las togas y birretes. En ocasiones no pueden ocultar pantalones coloridos, que en nada combinan con las togas negras. Urge un asesor de vestimenta y maquillajes.

Sin embargo, lo de los vestidos y peinados es lo de menos. Lo que realmente me preocupa y me deprime es el hecho de que cada graduación simplemente subraya el muy triste paso de la condición de estudiante a la de desempleado, a la de nini: ni van a trabajar ni van a estudiar. Algunos “afortunados” seguirán en alguna maestría que, hablando en plata, en la mayoría de los casos, en los becados por CONACYT, será un simple recurso del gobierno para entretenerlos durante dos o tres años, sin la menor garantía de que obtendrán un empleo. Como me consta por muy repetidas experiencias de alumnos que aprecio, no es raro que  las maestrías sean obstáculo para obtener empleo: “Estás sobrepreparado y no te puedo emplear, no te puedo pagar”. En ocasiones, los “maestros” tienen que ocultar esa condición para poder emplearse en algún puesto más modesto. Por varios años me tocó, por parte del CUCSH, revisar los informes periódicos de los doctorandos, y veía cómo regresaban de México y del extranjero con sus flamantes títulos de doctores, pero sin  empleo. Los más “afortunados” obtenían alguna clase. Los doctorados son para investigación y no solamente para “dar clase”. Muchos maestros universitarios dan clase para ganarse la vida, pero no por gusto ni por vocación de maestros.

Otro capítulo muy escandaloso es la muy triste fuga de cerebros: nuestros estudiantes más brillantes prefieren quedarse en otros países donde sus conocimientos son apreciados y remunerados.

Hace años fui a dar unas conferencias al Centro Universitario de Colotlán: me trataron maravillosamente y el público muy interesado y receptivo; las instalaciones de primera clase; pero, me puse a pensar, que las carreras que se ofrecían no eran para Colotlán: todos los graduados, creí yo, tendrían que emigrar para trabajar en la disciplina en que se graduaban. Los electrónicos, por ejemplo ¿podrían emplearse en Colotlán?

La Universidad de Guadalajara ha aumentado su capacidad, pero es obvio que, siendo cruelmente realista, sólo aumenta el número de jóvenes que, al graduarse, pasan al mundo de los desempleados. Cada vez me convenzo que, junto con el terrible problema de la inseguridad, el Estado mexicano tiene el gravísimo problema del empleo. Ciertamente es un problema mundial, lo cual en nada disminuye nuestra lacerante realidad.

Quiero también dedicar unas líneas a las carreras del CUCSH, porque la moda actual insiste aplastantemente en la teoría, muy apreciada para los investigadores, que serán en realidad  muy pocos. En Historia, donde soy maestro, los exalumnos trabajarán sobre todo como maestros porque, lo reitero, los puestos de investigación son muy pocos y en la práctica solamente estamos formando investigadores…Si no revisamos realistamente nuestros programas, estaremos favoreciendo los ejércitos de los desempleados muy “leídos y escribidos”, pero irremediablemente desempleados.

Ser profesionista es el sueño de muchos, pero ¿profesionista desempleado?

Las universidades deberán reforzar sus relaciones con la empresa, con el mundo del trabajo, con la realidad mexicana: formar gente que pueda emplearse en el mundo real en que estamos. La realidad no sé adaptará a la teoría, sino al revés: si se me permite, la teoría debe fincarse en el mundo real en que se van a encontrar nuestros egresados: prepararlos para el mundo concreto en el que van a vivir, no en la esfera teórica inexistente en la vida práctica.