Gente que conocí

De nuevo a clases en la escuela de Historia de la UdeG. Muchos de mis colegas son amantes de lo teórico, a lo que tengo muy clara aversión. Entre los autores que mis colegas citarán repetidamente está mi querido Michel De Certeau, de quien muchos ignoran o quieren ignorar el hecho de que fue jesuita y como tal murió. Cuanto yo lo traté en París, entre 1967 y 70, nunca imaginé que sería muy famoso y no se me ocurrió tomarme una fotografía con él, a pesar de que  frecuentemente cenábamos juntos. Nunca olfateé que era un brillante y vanguardista teórico de la Historia porque siempre conversábamos de otros temas, sobre todo hablábamos de los cambios en la Iglesia, de la vida de Ignacio de Loyola y sus primeros compañeros que estudiaban con él en París. Yo tuve el privilegio, casi durante tres años, de celebrar la misa en la Rue Antoinette, creo que en el número 12, en Montmartre, en la cripta del convento de las Auxiliadoras, donde Ignacio de Loyola con sus compañeros  universitarios decidieron que por toda la vida serían compañeros entre ellos y compañeros de Jesús. Por eso a su grupo le llamaron Compañía de Jesús, compañeros de Jesús, término que, contra lo que muchos han dicho, no tenía la menor implicación bélica o militar.

De Certeau no ha sido por supuesto el único personaje importante que he conocido. En mayo del 86, en Roma, en un Congreso sobre la Latinidad, opuesta a lo sajón, compartí discusiones con Jorge Borges, que me cayó muy mal, la cineasta Lilia Cavani, muy simpática , con Vittorio Gassman,  ingenioso y amable y Jean Dupuy, del College de France, increíblemente sencillo y simpático. Como más de una vez he comentado, dí la mano, no siempre con gusto, a Portes Gil, a Don Manuel Ávila Camacho, a López Mateos, a Echeverría, a Felipe Calderón; a Jesús Dávila Sánchez, jefe del Estado Mayor de Carranza, a García Barragán, a Efraín González Luna y su hijo Efraín; a Juan José Arreola; a los muy queridos José Salazar López y Samuel Ruiz, a Sergio Méndez Arceo y Jesús Manríquez y Zárate, a don Luis María Martínez; a Silvio Zavala, al maestro Luis González y González y al simpatiquísimo José Fuentes Mares; a Miguel León Portilla y David Brading. A muchos tapatíos y tapatías ilustres como Carmen  Castañeda.

Con 82 años felices, no “a cuestas”, interminable creo que sería la lista de personas con las que tuve la fortuna, o la desgracia, de tratar o de toparme en la vida. No me he puesto a intentar sacar el número aproximado de exalumnos que he tenido, pero ciertamente son miles: en el Instituto Regional de Chihuahua, en la Universidad Iberoamericana de México D.F., en la Universidad Gregoriana de  Roma, en el ITESO, en la UdeG, de 1974 al presente.

De mis maestros más recordados, debería comenzar con la Srita. María de la Luz Ibarra, que creo que vive aún en Zapotiltic, y a quien ví hará unos 12 años cuando la Prepa de la UdeG de Zapotiltic me invitó como padrino de graduación de la primera generación de esa escuela. En el Colegio Unión, que era la primaria del Instituto de Ciencias, recuerdo mucho al Padre Alfonso Madrid que nos resumió la historia de Roma con unos versitos que cantábamos con la música de la canción de moda de entonces: “la Feria de las Flores”. En el Instituto Bachilleratos, futuro Instituto  Patria de México D.F. recuerdo mucho al Lic. Ubaldo Vargas, quien nos daba historia y al que le pedíamos que continuara la clase aunque hubieran dado ya el toque de recreo o de fin de clases. En mis tiempos de alumno de Letras Clásicas recuerdo a varios maestros maravillosos, inspiradores y magníficos docentes entre los que sobresalió el P. Xavier Gómez Robledo que hizo que me adentrara, muy adentro, en la belleza contagiosa de los hexámetros de Virgilio y en la prosa latina de Tito Livio.

Comencé estas líneas recordando a De Certeau , y creo que, sin darme cuenta, me metí en un berenjenal: tratar de enumerar a la gente importante con la que me he topado, misión más que imposible. Por ahora, me toca tratar a mis nuevos alumnos que conocí apenas ayer.