¡Feliz cumpleaños, Guadalajara!

En los últimos cincuenta años, Guadalajara ha cambiado radicalmente. Yo sostengo que la Guadalajara tapatía terminó poco después de 1950, aunque el tapatío un millón, si mal no recuerdo, es de 1964. Me molesta que con el monstruoso conglomerado humano actual, fruto en muy buena parte de emigración de todas partes del país, se hable mal de “los tapatíos” que manejan tan mal, de los “tapatíos” que tiran basura en la calle, de los “tapatíos” que le van al América, cosa absurdamente absurda y aberrante, porque este conglomerado en lo que fue Guadalajara hace mucho que dejó de ser tapatío: es un enorme y caótico hacinamiento de gente que ha llegado a estas latitudes buscando un lugar más digno donde vivir. La población actual de esta ciudad es la suma de gente de todo el país. El último factor de la decadencia y muerte de lo tapatío es la profanación imperdonable que Jorge Vergara ha hecho de las “Chivas rayadas del Guadalajara”, que ahora se visten de azul, aunque en las graderías, los cada vez menos aficionados lleven la camiseta rojiblanca. El dueño actual no fue capaz de conservar ni siquiera el uniforme. Las Chivas no eran un negocio para ganar dinero sino que eran algo de lo más representativo de lo mexicano y, sobre todo, el testimonio elocuente y combativo del orgullo provinciano ante la soberbia de la capital del país, era símbolo de los pobres contra los ricos, de lo mexicano contra lo extranjero.

Guadalajara, en buena parte por la versión que entregó el cine de la “época de oro”, de los años treinta y cuarenta, fue sin duda el símbolo de la ciudad más mexicana con su herencia criolla de siglos. El mariachi, el tequila, la charrería siguen siendo privilegiados representantes de lo mexicano, aunque la ciudad, lo reitero, más que mestiza fue preponderantemente criolla. No tuvo Guadalajara el aplastante elemento español que tuvo Puebla o la tradición minera de Guanajuato y Zacatecas. Guadalajara, esencialmente ganadera propició el florecimiento del charro; del hombre a caballo floreando su reata, con su muy elegante sombrero ancho y su pantalón finamente adornado y la chaqueta con alamares de plata. El charro se fue fraguando durante esos siglos de la Guadalajara cuna de hacendados elegantes y frecuentemente paternalistas, cosa que el inculto de Álvaro Obregón nunca entendió: las haciendas jaliscienses no eran las norteñas ni las de la tierra de Zapata. Con razón Anacleto González Flores, hablando de los revolucionarios norteños, los llamó “los intrusos que llegaron a saquear y destruir lo que habíamos construido”.

Durante los siglos virreinales, Guadalajara estuvo siempre enfrentándose al centralismo de México. La Audiencia de Guadalajara en frecuente conflicto con la Audiencia de la Nueva España, sin olvidar que la Nueva Galicia firmó su independencia el 13 de junio de 1821, antes que lo hiciera la Nueva España. Fuimos los primeros en declarar la separación de España.

Durante la guerra de Independencia, Guadalajara fue la ciudad donde más tiempo pasó Hidalgo y la que más padeció de la crueldad del “Padre la Patria”. Fue la única ciudad donde los insurgentes tuvieron un periódico y donde, junto con Valladolid, se proclamó la abolición de la esclavitud.

Guadalajara fue fundamental en la Guerra de Reforma y el cabildo de la catedral fue respetado por Don Benito. Aunque la sociedad tapatía de fines del siglo XIX era muy afrancesada, no fue adicta a Porfirio Díaz que solamente una vez, en 1908, se dignó visitarnos. En buena parte por eso, la Perla Tapatía fue entusiasta a favor del jalisciense Bernardo Reyes y luego aplastantemente maderista. Como la revolución carrancista la padecimos, no es de extrañar que la revolución de Jalisco haya sido la Cristiada y por eso, desde Calles y Portes Gil y hasta López Mateos, los gobiernos del Centro nos trataron muy mal.

La Guadalajara tapatía, la del cine de la época de oro, la de la “tierra mojada” y los “Colomitos lejanos”, era provinciana, tranquila, humana, con rosas en los camellones, con las mujeres de ojos tapatíos, con sus casas andaluzas de patios y canceles, de ventanas enrejadas y tejados con equipales, con sus conciertos de las campanas de los templos, como describe Agustín Yáñez en Flor de Juegos Antiguos, hace mucho que dejó de existir. Pero, sea como sea, ¡Guadalajara, feliz cumpleaños!