Día de muertos

El recuerdo de los muertos es esencial en toda sociedad civilizada. La novela de Kazanzakis Cristo de nuevo crucificado comienza con la muy emotiva ceremonia en que, después de una larga peregrinación, el pueblo que había cargado, por muchas semanas, con las osamentas de sus antepasados, las coloca en el lugar donde se van a establecer. La página más hermosa de Tucídides, en el libro segundo de su historia, es el maravilloso discurso en honor de los muertos, pronunciado por Pericles ante los deudos de los caídos en la guerra. En lo personal, recuerdo con emoción la imagen de las jóvenes polacas que, al terminar la misa nupcial en Varsovia, iban a la tumba del soldado desconocido, en la Plaza de la Victoria, a dejar su ramo de novias: van a comenzar una nueva vida, que engendrará nuevas vidas, pero, como premisa, van a honrar a sus muertos: les obsequian su ramo. La muerte y la vida.

Me alegro de que, desde hace algunas décadas, ha aumentado la costumbre de colocar altares de muertos. Nunca he estudiado el origen de esos altares. No comparto la idea de que sea algo pre-hispánico por la sencilla razón de que en el mundo náhuatl no había certeza de la vida después de la muerte. “¿Con que he de irme/ cual flores que fenecen?/. ¿Nada quedará de mí/ sobre la tierra?/¿Nada será mi nombre / alguna vez? / ¡Al menos flores/ al menos cantos!” cantaban nuestros poetas. El arte como una forma de supervivencia. Creo que tenía razón el jesuita Pedro José Márquez, compañero de Clavigero en el destierro, al comparar a los antiguos mexicanos, el pueblo mexica, con los griegos, con los griegos. De Pericles: “amamos la sabiduría y amamos la belleza” les decía el líder ateniense a las viudas de los muertos en la guerra contra Lacedemonia.

“Yo Nezahualcóyotl lo pregunto: / ¿acaso se vive con raíz en la tierra?/ No para siempre en la tierra: / sólo un poco aquí. / Aunque sea jade se quiebra/ aunque sea oro se rompe, / aunque sea plumaje de quetzal se desgarra. / No para siempre en la tierra: /sólo un poco aquí”. Si el jade y el oro se quiebran y se rompen, los rostros y corazones, más frágiles aún, por muy nobles que hayan sido, habrán de secarse como flores y, como las pinturas, se borrarán. Otro poeta cantaba: “Así somos, somos mortales, / de cuatro en cuatro nosotros los hombres, / todos habremos de irnos, / todos habremos de morir en la tierra…/ Como una pintura/ nos iremos borrando. / Como una flor, / nos iremos secando/ aquí sobre la tierra. / Como vestidura de plumaje de ave zaguán, / nos iremos acabando. / Tendremos que desaparecer, / Nadie habrá de quedar”.

A diferencia de otras variadas culturas, los antiguos mexicanos tenían una peculiar idea de la muerte, como la tenemos ahora los mexicanos a diferencia de otros pueblos. Mi amigo Jorge Manzano, cuya desaparición seguiremos lamentando, me contaba que una vez en Dinamarca, cuando alguien contó un chiste, él expresó “ya cállate porque me muero de risa”, hubo un silencio general. Después alguien en privado le comentó “¿cómo que te mueres de risa? Aquí nunca hables de la muerte: es una tremenda falta de educación”. En los años ochenta en que iba yo cada año a Europa me divertía llevando a mis amigos, sobre todo a los húngaros y alemanes, una calaverita de azúcar con sus nombres: era broma de mal gusto para ellos.

El pueblo náhuatl vivía sabiendo que la muerte podía llegar en cualquier momento: cada fin de siglo, cada 52 años, o en las casi continuas guerras floridas: “mi corazón ansía morir a filo de obsidiana” repetían. Se sigue comentando que se reían de la muerte; yo la verdad no sé. Tal vez era una risa forzada ante lo inevitable, ante el temor a desaparecer, así lo dejó dicho Coyolchiuhqui: “De pronto salimos del sueño, / sólo vinimos a soñar, / no es cierto, no es cierto, / que vinimos a vivir sobre la tierra. / Como yerba en primavera/ es nuestro ser. / Nuestro corazón hacer nacer, germinar/ flores de nuestra carne. Algunas abren sus corolas, / luego se secan. / Así lo dejó dicho chihuitzin”.

(Las poesías se las copié a Miguel León Portilla en su libro Trece poetas del mundo azteca, (UNAM, Sepsetentas.)