Delincuencia y bandolerismo

La delincuencia organizada y la sin organizar nos están flagelando cruelmente. Estamos en una guerra civil. La delincuencia apareció juntamente con el hombre. Ya en el paraíso terrenal apareció la serpiente y Caín, hermano de Abel, es el primer criminal de la lista interminable durante  siglos y más siglos de historia, o, para ser más exactos, existen criminales desde antes que se comenzara a escribir la historia. La delincuencia nació desde que el hombre trató de imponerse a sus semejantes y todas las civilizaciones la han padecido. La delincuencia es más amplia y compleja que el bandolerismo. Digo esto porque Eric Hobsbawn define éste como “bandas de hombres fuera del alcance la ley y la autoridad (tradicionalmente las mujeres son raras) violentos y armados, imponen su voluntad mediante la extorsión, el robo y otros procedimientos a sus víctimas” (Bandidos, Barcelona, Crítica, 2011, p. 19). Por cierto, el historiador inglés da un lugar preferente en su libro a Pancho Villa, que aparece en la portada del libro.

       En nuestro mundo prehispánico ya se legisló contra los malhechores. Durante los siglos virreinales nunca desapareció la delincuencia ni los bandoleros. Nuestra guerra de Independencia no estuvo libre de malhechores y, como en toda guerra, hubo delincuencia y nuestros próceres y padres de la patria tampoco se pudieron librar del todo y no hablemos de “la tropa”. El obispo Abad y Queipo que publicó el decreto en que le hizo notar a Miguel Hidalgo que había incurrido en excomunión, era un hombre inteligente que años antes había manifestado al rey la injusta condición de los indios, pero se asustó al ver los miles y miles, incontrolables, que seguían a Hidalgo.  Sale sobrando subrayar que la pobreza y la injusticia son los mejores caldos de cultivo de la delincuencia en todos sus aspectos de robos y  asesinatos. Al terminar la guerra de Independencia seguiría una interminable secuencia de delincuencia. Los años siguientes de hambre, falta de gobiernos organizados, de caos en la agricultura y el comercio propiciaron la delincuencia. “Los bandidos de Río Frío” son una simple muestra de la realidad nacional de aquellos años, con sus detalles divertidos y muy mexicanos, como cuando repartían volantes en México “suplicando a los señores viajeros que fueran a Veracruz que llevaran a mano monedas para entregar a los bandidos y se evitaran peores consecuencias.” Después de la Independencia vendrían luchas civiles variadas y guerras contra invasores, de suerte que habría que esperar la pax porfirica, o paz de los sepulcros, para que en el país disminuyera la delincuencia: nuestro siglo XIX fue de intenso bandolerismo. Después de la Revolución el bandolerismo volvió a “florecer”. En Jalisco Pedro Zamora y José Inés Chávez García en Michoacán son los bandidos más recordados, pero no los únicos. Las luchas de los caudillos, la rebelión delahuertista y la postcristiada favorecieron también la delincuencia. Yo nací en 1933 en el sur de Jalisco y en mi infancia oía hablar de plagios y secuestros. Yo mismo, de siete meses, estuve secuestrado con mi madre: se exigió un rescate y hubo varios muertos. No era novedad para mí oír hablar de ladrones y bandidos, sobre todo en el mundo agrarista de cuando nací.

        No hay que ser ningún experto en política para saber que la pobreza, la escandalosamente injusta repartición de la riqueza, la falta de empleo  son terreno propicio para la delincuencia. La conclusión, nada alentadora, es que no es fácil pronosticar en México el fin de esa lacra. Los gobiernos tienen una muy complicada tarea comenzando por combatir la delincuencia en el mismo gobierno. Los diputados, por poner un ejemplo, deberían preguntarse si no es delincuencia organizada gozar de esos salarios escandalosos, prestaciones absurdas y “desvergüenza” laboral. Los maestros vándalos son otra categoría de delincuentes; los “aviadores” de no pocos empleos oficiales son delincuentes también.

     La delincuencia es una consecuencia de una nación en la que la corrupción y la irresponsabilidad de no pocos propicia la desesperación y  legítimos reclamos de los menos favorecidos en un país donde tenemos al hombre más rico del mundo y millones de pobres y miserables. Las últimas tragedias de las víctimas de los ciclones fueron en buena parte causadas por las políticas de gobernantes delincuentes. La actual delincuencia supera con mucho la gravísima lacra del bandolerismo en el siglo XIX.