El Corona y otro mercado

Todo tapatío de corazón sigue lamentando la pérdida del Mercado Corona. Los mercados son tan antiguos como la raza humana, la de los homínidos como dicen los protectores de animales. El comercio, sobre todo de alimentos, es algo inherente al ser humano. En mis lejanos años europeos me sorprendió la semejanza de los marchés  parisinos con  nuestros tianguis: no había grandes diferencias, como no fuera en el idioma y en algunos productos alimenticios: no había jícamas ni guamúchiles, pero abundaba la berenjena y la alcachofa. El menudo se llamaba tripes a la mode de Caen, pero era igual. Ciertamente había más orden y limpieza que en nuestros mercados, pero en el fondo no había grandes diferencias. Creo  que los mercados prehispánicos tenían sus particularidades que maravillaron a los advenedizos. Siempre me ha llamado la atención  la admiración que sintieron los soldados de Hernán Cortés al ver el gran mercado de México Tenochtitlan y la emoción y  azoro que experimentaron al contemplar la maravillosa plaza, como la atestiguó un soldado de aguda y fina observación: “comencemos por los mercaderes de oro y plata y piedras ricas y plumas y mantas y cosas labradas, y otras mercaderías de indios, esclavos y esclavas, traíanlos atados en unas varas largas con colleras a los pezcuesos porque no se les huyesen, y otros los dejaban sueltos. Luego estaban otros mercaderes que vendían ropa más basta y algodón y cosas de hilo torcido, y cacahueteros que vendían cacao, y de esta manera estaban cuantos géneros de mercaderías hay en toda la Nueva España….y los que vendían mantas de henequén y sogas y cotaras, que son los zapatos que calzan y hacen del mismo árbol y cueros de tigres, de leones y de nutrias, y de venados y de otras alimañas, tejones y gatos monteses, de ellos adobados, y otros sin adobar, estaban en otra parte, y otros géneros de cosas y mercaderías. Pasamos adelante y digamos de los que vendían frijoles y chía y otras legumbres y yerbas a otra parte. Vamos a los que vendían gallinas, gallos de papada, conejos, liebres, venados, perrillos, y otras cosas de este arte, a su parte de la plaza. Digamos de las fruteras, de las que vendían cosas cocidas. Pues todo género de loza, hecha de mil maneras, desde tinajas grandes y jarrillos chicos, que estaban por si aparte; y también los que vendían miel y melcochas y otras golosinas. Pues los que vendían madera, tablas, cunas, y vigas y tajos y bancos. Vayamos a los que vendían leña, ocote, y otras cosas de esta manera. Para qué gasto yo tantas palabras de lo que vendían en aquella gran plaza, porque es para no acabar de contar por menudo todas las cosas, sino que  papel, que en esta tierra llaman **amatl, y unos cañutos de olores con liquidámbar, llenos de tabaco, y otros ungüentos amarillos. Había muchos herbolarios y mercaderías de otra manera… olvidado se me había la sal y los que hacían navajas de pedernal, y de cómo las sacaban de la misma piedra. Y veíamos el agua dulce que venía de Chapultepec, de que se proveía la ciudad, y en aquellas tres calzadas, las puentes que tenían hechas de trecho a trecho….y veíamos en aquella gran laguna tanta multitud de canoas, unas que venían con bastimentos y otras que volvían con cargas y mercaderías…y después de bien mirado y considerado todo lo que habíamos visto, tornamos a ver la gran plaza y la multitud de gente que en ella había, unos comprando y otros vendiendo, que solamente el rumor y zumbido de las voces y palabras que allí había sonaba más que de una legua, y entre nosotros hubo soldados que habían estado en muchas partes del mundo, y en Constantinopla, y en toda Italia y Roma y dijeron que plaza tan bien compasada y con tanto concierto y tamaño y llena de tanta gente no la habían visto.” (**Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Cap. XCII).

El Mercado Corona no tuvo la fortuna del de Tenochtitlan de contar con un viajero tan observador y fino como Bernal Díaz del Castillo; pero los tapatíos que lo vimos cuando éramos niños y adolescentes lo añoraremos. Ojalá que el nuevo mercado no pierda su sabor tapatío.