Barrigones y bigotones

Para aligerar la austeridad de la Cuaresma se me ocurren algunas curiosidades sobre nuestros presidentes.

Hasta donde recuerdo, solo hemos tenido un presidente soltero: el aburridísimo Sebastián Lerdo de Tejada, al que hace compañía Vicente Fox, que llegó soltero, divorciado, a la Presidencia y contrajo nupcias con la “memorable” Martita casi al tomar posesión. Creo que Fox ha sido el único que se casó siendo presidente. En contraste habrá que recordar que el compadre de Porfirio Díaz, Manuel González, ostenta el nada envidiable papel de haber sido plantado por su esposa Laura Mantecón, quien debía ser uno de los símbolos de las feministas: darse el lujo de enfrentarse al señor presidente, que le ponía los cuernos. No quiero meterme en líos al recordar, durante los últimos sesenta años, a los primeros mandatarios de quienes se cuentan aventuras femeninas “indiscretas”. Porfirio Díaz se casó después de haber sido presidente de 1877 a 1880 y volvió a la silla habiéndose casado en segundas nupcias con Carmelita Romero Rubio Castelló. Don Benito, entonces ya “benemérito”, y Plutarco Elías Calles han sido los únicos presidentes que enviudaron mientras ocupaban la Presidencia.

Si hablamos de presidentes a los que bajaron violentamente de la silla, habrá que remontarnos de 1830 a 1858, cuando muchos fueron derrocados, y algunos luego “subidos” de nuevo: son los años de Santa Anna, Gómez Farías, Pedraza.

De los presidentes desterrados habrá que recordar en primer lugar al “héroe del dos de abril”, Porfirio Díaz, quien pasó sus últimos años en París, donde continúan sus restos mortales. En la lista habrá que incluir también a Santa Anna y Victoriano Huerta, sin olvidar al padrino de bautizo de Carmelita Romero Rubio de Díaz, a Sebastián Lerdo de Tejada, quien tuvo que irse del país para asegurar el pellejo. Sin olvidar que en su viaje de bodas a Nueva York, don Porfirio y Carmelita fueron a saludar a Lerdo, pero éste no los recibió.

El único muerto en la silla fue don Benito. Panchito Madero legalmente ya no era presidente cuando lo mató Huerta, presidente “legal”, o más bien legalistamente, no sabría cómo decirlo. Don Venustiano, asesinado por la gente de Obregón, ya no era presidente, según arguyen algunos leguleyos que dicen que por haber huido de la capital del país perdió la Presidencia. Dejo el punto a los expertos en derecho constitucional. El matón Obregón, cuando lo ejecutó José de León Toral, era presidente electo, pero no en funciones.

Echando un vistazo al tomo IV de México a través de los siglos, y de la Historia de la nación mexicana, de Mariano Cuevas, encontramos muchas fotos de presidentes y podemos establecer una clasificación primaria de nuestros primeros mandatarios y de políticos muy influyentes. Los más barrigones fueron Portes Gil y don Manuel Ávila Camacho, a quien doña Chole siempre trató muy bien. Obregón era bien parecido, pero después de que perdió el brazo fue engordando. Al hablar de mancos, no podemos olvidar a don Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón, o simplemente Santa Anna, quien era cojo y se dio el lujo de presidir los funerales oficiales de su miembro perdido, su pierna. Otro mocho fue Manuel González, El manco de Tecoac. Los calvos fueron muchos: Panchito Madero, Gómez Farías, Abelardo Rodríguez, Ruiz Cortines, Vicente Fox, Felipe Calderón, Comonfort, Lerdo de Tejada, Salinas, López Portillo, Echeverría. Hubo calvos vergonzantes que procuraron aparentar que tenían cabello: Pedro Celestino Negrete, José Joaquín Herrera, Santa Anna, Mariano Arista. Los primeros presidentes, después del emperador Iturbide, fueron todos patilludos: Nicolás Bravo, Gómez Pedraza, Vicente Guerrero, Santa Anna, Bustamante, Múzquiz, José Justo Corro. Los más narizones probablemente Guadalupe Victoria y Bustamante. Muchos bigotones: Miguel Alemán, Canalizo, Lombardini, Lerdo de Tejada, Miramón, con su piochita como Madero, Comonfort.

López Mateos tenía fama de guapo entre muchas mujeres. Para mí era acicalado y cuidadoso de su apariencia, hasta ahí. Es el presidente que más vi en repetidas ocasiones y uno de los pocos a los que saludé de mano.

No incursiono en el terreno de los guapos y los feos, solo recordaré que Maximiliano era bien parecido, aunque don Benito, que no era guapo, cuando contempló el cadáver embalsamado del austriaco afirmó que “era muy feo”.