Añoranzas del Mercado Corona

Entre los recuerdos de mi lejana adolescencia está el rito semanal de ir al mercado Corona con mi bolsa colorida de ixtle a las compras. Siempre culminaban con mi desayuno en alguno de los puestos: seis centavos para un vaso de leche fría, bronca por supuesto, y un camote o calabaza, nadando entre apetitosa miel, por cuatro centavos más. Desde niño, mis padres me hicieron gozar de los mercados,  de  Zapotiltic y  Zapotlán,  del Corona en Guadalajara. Coincido  con  Pablo Neruda, en Confieso que he vivido: “México está en los mercados…México es una tierra de pañolones color carmín y turquesa fosforescente. Es una tierra de vasijas y cántaros y de frutas partidas bajo un enjambre de insectos…Todo esto lo dan los mercados más hermosos del mundo. La fruta y la lana, el barro y los telares, muestran el poderío asombroso de los dedos mexicanos fecundos  y eternos…Las manos de los mexicanos, como las de los chinos,  son incapaces de crear nada feo, ya en plata, en barro o claveles”. Desde niño gocé los mercados coloridos y sabrosos: además del camote y la calabaza enmielada, nunca he olvidado los guamúchiles, las pitayas, las ciruelas y tejocotes, los copules,  los cocuixtles, el pinole, los mameyes y los mangos, el tejuino, el tepache y  las aguas frescas,  las nieves de garrafa, la cuajada y la mariagorda. El mercado Corona está muy ligado a mi niñez y adolescencia, por eso me dolió mucho saber que, una vez más, se había incendiado.

Memorable fue también el incendio de noviembre de 1910 y no puedo dejar de reproducir  una carta circular, que me hizo llegar el padre Tomás de Híjar, del Arzobispo de Guadalajara en esos días. La firmó el Señor José de Jesús Ortiz, promotor y precursor del sindicalismo en Guadalajara. “Circular del Gobierno Eclesiástico del Arzobispado de Guadalajara. A los señores curas y demás sacerdotes de la Arquidiócesis: anoche se conmovió profundamente esta ciudad con el incendio que, al consumir el mercado Corona, ha dejado a muchos comerciantes en pequeño en la más completa miseria, y a varios sin los elementos necesarios para seguir trabajando: unos y otros reclaman de nuestra parte el ejercicio de la caridad para subvenir a sus ingentes necesidades. Si los buenos católicos jaliscienses han dado tantas pruebas de caridad para los necesitados, no solo cuando se ha tratado de compatriotas, sino aun para los de países lejanos, cuando han sufrido el azote de la desgracia, mayor anhelo de socorrer han de demostrar ahora, que ha llegado la ocasión de acudir en auxilio de nuestros hermanos agobiados por un suceso deplorable. Yo os exhorto a que despeguéis todo celo en colectar entre los fieles confiados a vuestro cuidado, el óbolo caritativo que ha de remediar de alguna manera la aflictiva situación de cuantos han visto desaparecer en un momento el fruto de largos años de trabajos. Para llenar tan sagrado deber dispongo: 1°, que el domingo siguiente al en que la presente sea recibida, se hagan colectas en todas las misas y ejercicios que se celebren en las Iglesias, Capillas, Oratorios públicos y semipúblicos; y 2°, que se abran subscripciones para que contribuyan las personas que no pudieron verificarlo en la forma anterior, y 3°, que se remitan a mi Secretaría de Cámara y Gobierno los fondos que se recojan, a la mayor brevedad, para remediar cuanto antes las necesidades de las víctimas del siniestro, deducidos los gastos ordinarios. Siendo tan agradable a Dios todo acto de caridad, Él no dejará sin recompensa cuanto se hagan en beneficio de los comerciantes perjudicados. Dios Nuestro Señor guarde a ustedes muchos años. Guadalajara, 16 de noviembre de 1910. José de Jesús, Arzobispo de Guadalajara.”

De suerte que en la antevíspera del estallido de la Revolución, Guadalajara sufría con el incendio del mercado. No tengo idea exacta de qué otros mercados había entonces en la ciudad. Ya he comentado que hasta el año 50 del siglo pasado no conocíamos para nada los agringados supermercados, ni los centros comerciales. Guadalajara era un pueblo grande. Las fotografías de la época nos muestran a los tapatíos: los catrines con traje y sombrero, y el pueblo todavía con abundancia de calzón blanco y sombrero de ala ancha. En ese Guadalajara debió de ser mucho más trágico el incendio del mercado Corona que ahora.