Agosto de 1814 y 1914

El 15 de agosto de 1914 las tropas revolucionarias entraron en la capital del país, eran los constitucionalistas, aunque la vox pópuli los conocía como los “consusuñaslistas”, decididos a carrancear todo lo que pudieran. El desfile triunfal lo encabezó Álvaro Obregón, en espera de Venustiano Carranza,  que llegaría días después con su estado mayor. Tuve el gusto, verdadero gusto, de conocer al jefe de su estado mayor, en julio de 1972. Me refiero al general Jesús Dávila Sánchez, a quien entrevisté en Saltillo. Buscaba yo  exalumnos del colegio de San Juan, en Saltillo donde estudiaron Francisco Ignacio y Gustavo Madero. Localicé a varios exalumnos, obviamente ya muy ancianos, y el último día que tenía programado en Saltillo, alguien me habló del general Jesús Dávila Sánchez. Grandote, noventón, sordo como una tapia, a quien sus nietas le repetían mis preguntas al oído. Muy simpático y amable, a pesar de haber sido carrancista. Dávila Sánchez no estuvo presente, el 13 de agosto de 1914, en la firma de los Tratados de Teoloyucan, cuando el gobierno se rindió, pero  acompañó al Primer Jefe el día 20 en su entrada triunfal a la Ciudad de México y fue nombrado comandante militar de la Plaza. El viejo militar recordaba con cariño a sus maestros jesuitas. Aunque, en palabras de Dávila Sánchez, “el colegio de San Juan  dio a la Revolución más generales que elaColegio Militar”, los jesuitas de Tepotzotlán no tuvieron la suerte de que les llegara un exalumno sino el cerril Francisco Coss el 10 de agosto. Se carranceó el bellísimo templo de San Francisco Xavier y todo el señorial colegio. Se enteró de que el rector era el afamado pintor Gonzalo Carrasco. Coss le dijo: “Está usted muy viejo ya, y ha perdido mucho tiempo desde que viste esa sotana. Yo sé que usted es pintor y quiero que venga a México para que haga un retrato de nuestro primer jefe. Pero antes ha de renunciar  a la religión católica y a la Compañía de Jesús. O si no quiere, le  mando dar cuatro balazos”. Ante la negativa, Coss dijo: “lástima, yo quería hacerlo director de la Academia”. Luego resultó que Carranza había conocido en Saltillo al padre Carrasco y, cuando Coss lo llevó prisionero ante el Primer Jefe, éste lo trató muy bien y lo invitó a comer; y el desconcertado Coss lo devolvió a Tepotzotlán. Tiempo después, a instancias de Coss, el padre pintó un retrato de Carranza. El día 20, como se dijo, el Primer Jefe ocupó la capital y, ante las reiteradas peticiones de varios generales norteños, sobre todo de Antonio I. Villarreal, de expulsar del país a los sacerdotes, Carranza personalmente insistió en que se respetara a su amigo Gonzalo Carrasco.  Semanas antes, los seminaristas jóvenes que estudiaban Letras en Tepotzotlán, y luego los estudiantes de Filosofía, salieron por Veracruz a  España a terminar sus estudios. Uno de esos jóvenes, Rafael Ramírez, me narraba emocionado su viaje de Tepotzotlán a Veracruz, ocupada por los invasores gringos, entre los que estaba el jovencito Douglas MacArthur. “Lo último que vimos, cuando el barco se alejaba de la costa, fue la bandera estadunidense ondeando sobre el castillo de San Juan de Ulúa”, me contaba Rafael Ramírez. Era la segunda vez, después de 1767, en que los jesuitas eran expulsados y salían por Veracruz, en espera de la primera ocasión para volver a su amado México.

En estos días, en el colegio de Tepotzotlán,  se clausura, el día 17, una exposición en recuerdo de los 200 años de la vuelta de los jesuitas a México, en agosto de 1814, después de la expulsión ordenada por Carlos III en 1767. Los jesuitas también recordamos que hace un siglo, en agosto de 1914, la Revolución se apropió del Colegio. Hacia 1951, Miguel Alemán ofreció devolver el colegio a los jesuitas, que estaban por inaugurar su seminario, filosofado y teologado, en México, en San Ángel, y prefirieron declinar la invitación y aun colaborar con diversas obras de arte a la formación del Museo Nacional del Virreinato en el Colegio y Templo de Tepótzotlán, antigua casa de Francisco Xavier Clavigero y un brillante grupo de jesuitas, que en  palabras del Secretario de Educación Pública Agustín Yáñez, el 7 de agosto de 1970, fueron “eminentes constructores de nuestra nacionalidad”.