Abrazos y compadrazgos

Hoy hace 100 años se dio un abrazo no  tan  famoso como  el  de Acatempan. Muchos abrazos fueron consignados en nuestra historia, pero son sin número los nunca historiados. El que hoy se recuerda se dio en Aguascalientes en el apogeo de la Soberana Convención Revolucionaria y lo protagonizaron nada más ni nada menos que Álvaro Obregón, que aún no era el  Manco de Celaya, y el señor general Doroteo Arango, mejor conocido en la historia  como Pancho Villa, que es sin duda uno de los mexicanos más conocidos en todo el mundo. No olvido aquel domingo de julio de 1969 en Praga: con mis cuatro compañeras de viaje, colegas en la Universidad,  habíamos ido a misa a la bellísima catedral de San Esteban y luego a un concierto popular en un jardín cercano. Luego fuimos a comer. Sólo una del grupo, Florencia, hablaba alemán, que era el idioma más internacional en aquellos rumbos y como pudimos, casi a señas, ordenamos nuestra comida. Mientras comíamos, en una mesa cercana comenzaron a mirarnos con la curiosidad de  un grupito que hablaba un idioma raro: español. Cuando nos identificamos como mexicanos, un muchacho tomó una servilleta de papel y escribió: Mexicu, o algo parecido, y dibujó una locomotora en la que escribió Pancho Villa, y en la parte de abajo dibujó un balón de futbol y escribió Carbajal. Eran las vísperas del mundial de futbol en México 70. Nunca he olvidado que los mexicanos más famosos para esos checos eran un futbolista, Carbajal, y Pancho Villa. Por años conservé ese servilleta que un checo amable nos dio en señal de amistad. Pero,  volviendo al tema inicial, digamos que al comenzar la  Convención de Aguascalientes, cuando los generales revolucionarios  firmaron la bandera, Villa abrazó  a su  odiadísimo adversario Álvaro Obregón, y ambos caudillos lloraron juntos. “Tuvo que ser conmovedor el momento en que ambos mezclaron sus lágrimas como si ahí  tuviesen  tendidas a sus respectivas  madres. La  vida terrena era para ellos un valle de lágrimas”, comentó Fuentes Mares.

Ese abrazo, igual que el de Acatempan, no fue el único famoso en la historia de México. Poco antes, en marzo de 1913, en la capital del país se abrazaron Pascual Orozco y Victoriano Huerta. La fotografía que de ese abrazo nos dejó Casasola muestra a ambos personajes con miradas muy alejadas de lo que estaban haciendo. No mucho antes,   Francisco I. Madero había comisionado a Huerta para  combatir en Chihuahua al insurrecto Pascual Orozco, acción durante la cual Huerta tuvo en el paredón a Pancho Villa que le había carranceado una yegua, y por muy poco acaba ahí la vida del Centauro del Norte.

Sin duda que también se habían abrazado Romero Rubio y Sebastián Lerdo de Tejada, cuando el primero invitó al segundo a llevar a la pila bautismal a su hija Carmelita. Mientras se abrazaban el día del bautizo, nadie pensó que la niña sería esposa de Porfirio Díaz. Por cierto que después de la  boda de Carmelita con el viudo Díaz, fueron a viaje de bodas a Nueva York y, cuando Carmelita le pidió a su marido que fueran a visitar a su padrino Sebastián, éste, con toda razón,  se negó a recibir al recién casado que años antes lo  había bajado de la silla presidencial.

¿Don Benito y don Porfirio se abrazaron alguna vez?. Es probable.  Obregón y Francisco Serrano debieron abrazarse cuando se hicieron compadres, pero el 4 de octubre de 1927, cuando Álvaro en Chapultepec fue levantando sábanas para ver a los ejecutados en Huitzilac, al ver la cara desfigurada de Serrano, según se dice, no pudo reprimir un “¡qué feo te dejaron, compadre!”, siendo así que el autor intelectual de esa fealdad era el Manco de Celaya . El mismo manco abrazó más de una vez a José Guadalupe Zuno, en especial en diciembre de 1924 cuando el manco, en casa del Sr. Schnaider, en la Avenida Vallarta, de Guadalajara, apadrinó el bautizo de Esthercita Zuno, que realizó el arzobispo de Guadalajara don Francisco Orozco y Jiménez .

Sería interesante estudiar los compadrazgos de compromiso entre nuestros políticos y aquellos con los que les convenía, y conviene, emparentarse. Sé de más de uno en que un sacramento, sobre todo un bautizo, ha sido utilizado como simple recurso de componendas políticas.