Los Sonámbulos

La auténtica victoria cultural

Tal vez tengan razón quienes afirman que una de las formas más peligrosas de hacer política es intentar moralizar a la sociedad o cumplir todas las promesas. Esto elimina clientelas y, peor, cualquier negocio.

Pero como a lomos de todas las paradojas se cabalga hacia las verdades, según la sentencia nietzscheana, y para el triunfo es menester aniquilar a la conciencia, a decir del conde Mirabeau, lo políticamente honesto es actuar en sentido contrario de lo que se pretende, incluida la honestidad.

"La corrupción es un tema casi humano que ha estado en la historia de la humanidad", dijo el nuevo representante de la escuela de "un político pobre es un pobre político" que, como se sabe, fue edificada sobre los sufridos hombros de hacer negocios al amparo del poder público.

Con ojos místicos, expresaríase que, finalmente, el obispo Agustín de Hipona andaba cerca del meollo cuando dijo que "las criaturas son buenas, pero no sumamente buenas y, por tanto, corruptibles".

Pero en estas especulaciones de lo "casi humano" o zombi, de las cuales se excluyó el fenómeno de la impunidad por provenir de alguna galaxia, las expresiones de nuevo y viejo cuño sintetizan vocación y afinidad de convicciones, como fieles herederos de la verdadera victoria cultural.

Esa cultura, aplicada con rigor a los requerimientos del espíritu transformador vigente mediante una lacónica aproximación ontológica del "ser" político, compendia el célebre "maiceo", la "aceitada" ante cualquier trámite y la transferencia de beneficios de proyectos sociales al interés privado, un proceso conocido en los bajos y altos fondos como "cochupo" y que está por escribir las páginas más memorables del capitalismo salvaje, llevando como escolio la miseria generada en las últimas tres décadas.

Que no haya malos entendidos: la expresión presidencial no es un "banderazo" para celebrar por anticipado el "año de Hidalgo o de Carranza" (mes patrio al fin); en realidad es un recordatorio de que si el término "honestidad" figura en el diccionario político es sólo para no dejar un espacio en blanco y que, junto con la impunidad, es producto de un mundo imaginario que ni siquiera inquieta a las buenas conciencias.

En efecto, hay culturas casi humanas. Por eso el bíblico Moisés optó por monopolizar la impartición de justicia. Es más, nada aprendieron los alumnos de Sócrates que, para evitar la muerte del maestro, actuaron como los secuaces del "Chapo" Guzmán y corrompieron al carcelero para que se diera a la fuga.

Arrepentidos los ha habido, muy pocos: Virgilio quien, en su lecho de muerte, pidió que se quemara la "Eneida", obra producto de un "chayote" (el primero en la historia, según el bien recordado Germán Dehesa) extendido por el emperador Octavio César Augusto para que se le confiriera un origen divino en ese trabajo.