Los Sonámbulos

La vigencia de los “méxicos” de Paz

Los libros, sobre todo los clásicos, tendrían que festejarse siempre, pero a algún fastidioso editor se le ocurrió que abril es un mes apropiado debido a la muerte de tres personajes: Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega.

Como dato y dejando de lado la efemérides de los calendarios juliano y gregoriano, los dos primeros fallecieron con un día de diferencia (Cervantes el 22, Shakespeare el 23) en el año de 1616.

Quizás porque el extenuante ejercicio de no hacer nada mantiene ocupada a mucha gente (Javier Ortiz de Montellano, dixit, con la hilaridad acostumbrada), los clásicos en balde ocupan estantes para adorno y sólo en estas fechas adquieren cierta relevancia.

Algo semejante ha sucedido con el abogado, filósofo y, también poeta, Octavio Paz en su Centenario. Siendo el único Premio Nobel de Literatura del país, se ha discurrido más sobre su estilo que sobre su pensamiento.

No toda la bohemia ni toda la prosa de este rebelde diplomático podrían figurar entre las lecturas llamadas "imprescindibles" pues, como en todo, algunas obras brillan con luz propia frente al resto.

En estos tiempos de vacío intelectual, donde el mausoleo de pensadores domésticos se ha venido ampliando año tras año como si se tratara de una epidemia, más allá de los hijos de la Malinche, que derivó en el socorrido término de la "chingada", están esos "dos méxicos" que Paz detalló en "Posdata", continuación de aquellos, un texto que los mismos que buscan un espacio en el intelectualismo local, tendrían que desempolvar.

Tan vigentes como cuando escribió ese texto, están las disparidades de los dos países, el desarrollado y el subdesarrollado, la contradicción perpetua del carácter nacional como una ilusión, una máscara, y al mismo tiempo un rostro real.

"El desarrollo ha sido, hasta ahora, lo contrario de lo que significa esa palabra: extender lo que está arrollado, desplegarse, crecer libre y armoniosamente. El desarrollo ha sido una verdadera camisa de fuerza. Una falsa liberación..."

Esto decía en 1969, cuando el "Desarrollo Estabilizador", tan pontificado después como uno de los momentos estelares de la economía nacional, había terminado de hacer "crac" tras la matanza de estudiantes en 1968 y agotado cualquier posibilidad frente al nuevo orden político y económico mundial, dividido en dos belicosas pero cautelosas facciones. Comenzaba una nueva era de dos Méxicos, con los extremos más separados.

La crítica, decía Paz, es el aprendizaje de la imaginación en su segunda vuelta, la imaginación curada de fantasía y decidida a afrontar la realidad del mundo. Para eso, "Hay que disolver ídolos".

Eso es justo lo que ha faltado en el quehacer intelectual contemporáneo: critica y disolución de ídolos. Por eso sigue abierta la invitación al aprendizaje, para ser aire y sueño en libertad.