Los Sonámbulos

Sobre lo sub-humano

Hace 70 años sobre la ciudad de Nagasaki cayó la segunda y última bomba atómica (llamada Fat Man) utilizada en una guerra. Tres días antes, Hiroshima había sido blanco de la Little Boy. Cerca de un cuarto de millón de personas murió, de los casi 70 millones de cadáveres que dejó el conflicto. Fue el fin de la conflagración, aunque también la consumación de la barbarie humana y, paradójicamente, la coronación de avances significativos en el campo de la tecnología.

"Una vez terminada la guerra fue más fácil la reconstrucción de los edificios que la vida de los seres humanos", observó el profesor británico Eric Hobsbawm (Historia del Siglo XX, Planeta).

En efecto, luego de 70 años de las bombas y a pesar de los intentos por reducir la barbarie a la exposición reiterada de un sujeto y sus ambiciones de poder milenarias, el proceso de reconstrucción sigue en ese espíritu todavía marchito, sometido ahora el reino de la amoralidad económica y política y sus cerebros cibernéticos.

Los historiadores no se han puesto de acuerdo sobre los fines del gobierno de Harry S. Truman para semejante acción (si fue para enviar el mensaje a Stalin e impedir que Rusia dispusiera del botín de guerra a modo, si fue para evitar prolongar la hemorragia en las filas estadounidenses, etc,) lo único claro es que el ser humano se dio cuenta de que, por fin, había alcanzado elevados estadios en la ciencia y, particularmente, los medios para aniquilarse y hacer de la tierra un planeta semejante al de la era de la extinción de los dinosaurios.

No fue ninguna novedad que las ambiciones de poder y dinero hicieran emerger el espíritu carnicero de la especie, pero nunca se había mostrado con tanta nitidez. La civilización, el progreso, avanzó de esa manera y en forma paralela a su, tal vez, involuntario deseo de eliminarse, de tratarse como un subhumano, algo que ocupa accidentalmente el suelo y es, en definitiva, un ser inferior que no merece más.

El "Diario de Hiroshima" de Michihinko Hachiya (Turner), médico y paciente al mismo tiempo, es retrato crudo de ello y no por casualidad Elías Canneti colocó a esta obra en el pedestal de la literatura indispensable de cualquier día, "indispensable a un hombre que sepa y tenga los ojos bien abiertos", aclaró.

Porque a menudo se quiere olvidar que la culminación de la Segunda Guerra fue un largo proceso que se inició precisamente como consecuencia de la depredación económica, de la codicia con el "Crac de 1929" en Wall Street, y que permitió el ascenso al poder a individuos que se aprovecharon de sociedades devastadas por esa situación.

Ahí comenzó el trato sub-humano, ahí se gestó el laboratorio científico y tecnológico que culminó con los "hongos atómicos", sello por excelencia del siglo XX, y sus respectivas ratas, objetos de experimentación: los seres humanos. No hay que olvidarlo.