Los Sonámbulos

Del silencio escandaloso

Los estudiosos del comportamiento humano saben de lo inútil que es intentar persuadir a un zombi. Esto es peor que lo expresado por Paul Simon y Art Garfunkel, quienes vieron a la gente hablar sin poder hablar, y oír sin poder oír, y con ello al menos buscaron capturar un sentimiento frente a la tragedia.

Pero no es la afonía la que va a despertar de su letargo a nadie ni a obligar a la reflexión. Una sociedad que emana por todos los poros una larga y pacientemente cultivadanarcocultura, difícilmente recuperará su condición de sociedad viviente con eso. Hará falta también que ésta quiera abandonar su papel militante de una legión de andantes.

El mutismo, el bajón al volumen, recuerda al fabiano George Bernad Shaw declarándose abierto partidario de la disciplina del silencio a grado tal, que podría pasarse horas hablando de ella. El silencio, pues, resulta más atronador de lo que se cree.

Tampoco los chirridos contribuyen y como ejemplo bastan los de los últimos siete años y su carnicería, donde los que pedían mesura eran los primeros en publicitar sus presuntos logros mediante una política de comunicación social tan cavernaria como vigente: la exposición de un matón en pose de rock-star, con el despliegue de un arsenal al frente como si fuera un coleccionista de artefactos.

El crimen y la violencia, con sus ríos de sangre, no deben seguir siendo objeto de lucro. Detrás de cada crimen, detrás de cada cuerpo mutilado hay un ser humano con sus muchas historias, cuyo final la autoridad judicial ya ni se encarga de investigar, apresurándose a cerrar el expediente.

A su vez, el mutismo tampoco puede ser producto para la búsqueda de rentabilidad política. Hasta ahora la envoltura ha sido a la usanza de los renovados viejos tiempos de la distracción como estrategia de gobierno, y luego con su sustituto ideal: la simulación o el ocultamiento.

Los hechos, finalmente, están ahí. No se puede evitar que el clóset desparrame de cadáveres porque, como se anotó líneas arriba, hay una arraigada narcocultura tanto en las esferas de gobierno como en la sociedad que ha hecho de la muerte su principal invitada, y que va a llevar tiempo superar. Si se revisa brevemente, al menos han sido casi dos décadas y media de explosión.

Exponer y difundir los acontecimientos es totalmente distinto de negarlos o de lucrar con ellos, sobre todo visualmente. Habría que empezar por respetar a los vivos.