Los Sonámbulos

De salarios y “trata de personas”

Más entre gestos adustos que con sonrisas, se dice que, al final, el trabajo, eso que ha llegado a considerarse como un "bien sagrado", no es otra cosa que la prostitución humana: pagan por hacerlo.

Condición vista con antiparras piadosas tras el anuncio de homogeneizar el salario mínimo en 70.10 pesos, el derecho y el placer se transforman en ilegalidad y tormento pues supone explotación y esclavitud sin prestaciones y, además, "flexible" (luz verde para el despido).

Entendida de esa manera, a esta nueva modalidad de "trata de personas" (no incluye el "moche" sexual, pero esto depende del nivel ejecutivo, del puesto de confianza o del escalafón burocrático) no le han salido sectas cívico-religiosas supuestamente partidarias de la teología de la prosperidad, menos sindicatos, para exigir castigo a los tratantes y el cierre de fábricas, almacenes y hasta puestos de tacos y garnachas; tampoco para demandar un aumento y dejar el liderato, como país, del poco presumible departamento de las percepciones miserables, obligando a más horas de trabajo.

"Y los amos del universo destronaron por fin a los santos del cielo para abolir sus fiestas sobre la tierra, días de pereza y degeneración que van contra el espíritu productivo del capitalismo", reescribiría Paul Lafargue (némesis del histérico "workaholic" actual y del no menos irascible "web junker") yerno de Marx y promotor del derecho a la pereza.

Otros conspiradores del "Atlas" han sido más radicales, desde Cicerón, quien consideró que el que da su trabajo por dinero se vende a sí mismo y se coloca en la categoría de los esclavos, sin faltar el moderno y saleroso "Negrito del Batey" (que popularizó el dominicano Alberto Beltrán) quien de plano vio al trabajo como a un enemigo, incluso como un castigo divino porque "causa dolor", y por eso optaba por dejárselo "todo al buey", advirtiendo tiempos de "trastornos de conversión", por no hablar de eras desquiciadas, con o sin membresía sindical o a redes sociales.

Con esa igualdad de salarios impulsada por el gobierno federal, publicitada como un logro insuficiente, modesto, pero casi, casi, ya como un paso en el férreo compromiso de las naciones y la Agenda-2030 para eliminar la pobreza, el rocanrolero Alex Lora puede seguir largo tiempo en calidad de "gritante" anunciado en tono contestatario: "¡renuncio, ya no quiero trabajar!", pues "con ese sueldo no la hago".

El blusero reclamo lleva varias décadas como fondo musical de la masiva incursión a la informalidad o al destierro pues, como el viejo Jenofonte, con tal homogeneización es evidente que no queda tiempo ni dinero para la patria ni para los amigos, menos para atender a la familia.

Por eso se ha dicho que ante las miserables condiciones descritas, en estos tiempos no trabajar constituye un gran gesto revolucionario.