Los Sonámbulos

De rotondas aseguradas (sin aplausos)

Aunque todavía faltan episodios de la agitación resultante del incremento de la tasa de interés por parte de la Reserva Federal de los Estados Unidos -estampida del capital especulador, alzas de interés locales con todo lo que eso implica, etc,- los protagonistas actuales del sexenio ya casi tienen asegurada la posteridad con un pedestal en la nada ilustre pero abarrotada Rotonda de la Mediocridad Económica. Todo es cuestión de continuar nadando de a muertito, sin hacer mayores olas.

A pesar de que anticipar finales al estilo de Daniel Bell o Francis Fukuyama conlleva riesgos (de menos, el ridículo), la garantía del arribo al anti-Olimpo se fundamenta en el dogma neoliberal, de vulgar historial, y en las voces de esa corriente que se expresan en cada "cumbre" o charla de café, a las cuales es imposible desmentir, por más que se quiera.

Ya los vaivenes de precios petroleros y recortes presupuestales, así como incapacidades para animar un poco a la economía con todo y abultadas deudas públicas, son sólo "fallos" inherentes a la doctrina para autocorregir -y perpetuar- el ciclo del estancamiento.

Aquí la naturaleza no tiene reservados planes secretos y, por el contrario, muestra que hay pieles muy duras cuyo objeto es lo abstracto antes que lo real y humano, amén de fortalecer tendencias para la acumulación de fortunas y la expansión de la miseria.

Tal vez por eso no hay aplausos, aunque continúan siendo sospechosos esos giros que de un día para otro pasan del glorioso encumbramiento al peor de los defenestramientos públicos. Alguna parte del "pastel" no se ha exhibido con el rigor de la infidencia, por eso la insistencia de los heraldos internacionales que un día venden "estadistas" y "salvadores" y, al otro, políticos hasta faltos de entendederas.

Esto es parte de la "verdad" a ojos vistas, mientras la otra, la trivial "verdad histórica", solo quedará para el tímido y fiel aplauso de compañeros de doctrina y de viaje, así como para algún informe de gobierno o un apresurado resumen en los libros de texto.

Al respecto, es notorio el afán por intentar que prevalezcan ese tipo de "verdades históricas" que, como deslizó Napoleón, robustecen las fábulas convencionales o, joyceanamente, forman parte de esas pesadillas de las que uno nunca acaba de despertar.

Por eso, sin siquiera un sepulcro de honor, como impone el canto cívico, ahora los muertos tendrán que deambular entre la prosa de novelistas mediocres -al fin y al cabo, producto del régimen neoliberal- e informes concluyentes, igual o peor de venenosos que la impostura viciada de los testimonios recogidos por la autoridad judicial.

La deificación del presente pasa por publicitar las "verdades históricas cortoplaceras", mientras en las de largo plazo otros tratan de salvar a muertos y desaparecidos.