Los Sonámbulos

Ante los paisajes “rulfianos”

Casi tocados por el espíritu pacifista de Kant y en virtud de la simbiosis crimen organizado-gobierno en algunos lugares del país, nadie se mostraría contrario en tolerar el surgimiento de "milicias ciudadanas" con fines de exclusiva defensa, tal como propuso el filósofo.

Pero hay que tener cuidado y separar bien lo que corresponde a esto de los grupos criminales embozados, así como ver bien la fuente donde brota la indignación y aquella en la que se practica la violencia por la violencia misma.

Desgraciadamente, el paisaje es gracias al vacío de una clase gobernante que, además de confirmar sus vicios en el ejercicio del servicio público, tampoco ha podido, por su condición de sumisión, de "socia asociada", o por dogmática incapacidad (o las tres juntas) generar condiciones económicas distintas a la actuales, contentándose con distribuir paquetes alimentarios y "apoyos económicos" entre los millones que suman el balance de su miserable doctrina, intentando mostrarse piadosa.

Saldo que, por cierto, amenaza con ampliarse pues una cosa es intentar amortiguar el ramalazo reformista y "asegurar" los recursos por las pérdidas de la baja en los precios del petróleo, y otra muy distinta la "reversión de capitales", como eufemísticamente llamó Agustín Carstens a la (no tan remota) estampida de especuladores extranjeros que poseen 40 por ciento de la deuda emitida por el gobierno federal, así como la de los especuladores locales.

Por eso los paisajes de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, (Juan Rulfo, para abreviar), se empalman sin dificultad en los presentes, distintos sólo en estilo y profundidad respecto de las crónicas cotidianas.

"¿En qué país estamos, Agripina?",... ¿Qué país éste?", pregunta un hombre sin nombre, y la aludida sólo se alza de hombros, metida en sus rezos.

Es uno de los cuentos (Luvina) del "realismo mágico" rulfiano, en uno de esos lugares donde el ruido es silencio, el tiempo es largo y hasta los perros se han muerto, con espectrales hombres-sombras como habitantes, sitios en los que se puede encontrar gran resequedad, muchos sentimientos de polvo en la garganta, detallados paisajes áridos, secos al extremo, poblados por gente ensimismada, autista y, por supuesto, pobre.

En ellos no faltan gobernantes que aprovechan el "Día del Derrumbe" (un temblor, casualmente ocurrido también un día de septiembre, como la masacre de estudiantes de Ayotzinapa) para lamentarse de "casos paradojales de la naturaleza no previstos dentro de los programas de gobierno" (algo así como el traicionero pero sincero: "Ya me cansé", seguido del correspondiente encogimiento de hombros, como la citada Agripina)

Este surrealismo realista no es tolerable, y es el que no debe confundir las enérgicas muestras de enojo social con lo demás, ni dejarlo pasar.