Los Sonámbulos

Del optimismo desesperado

En poco menos de dos años ha quedado demostrado que los conductores de la economía son repelentes tanto al equilibrio como al déficit fiscal. "Los dioses han huido de nuestro alrededor" se alarmaría el bardo teutón Friedrich Hölderlin, dejando en calidad de diablos a Friedman y Keynes para que escuchen las trompetas del juicio final.

No obstante, los partidarios -y beneficiarios- de la economía del estancamiento perpetuo y del mediocre 2 por ciento que resalta en la estadística desde hace 32 años, no abdican de su fe a pesar del tono resignado del "vamos por el camino correcto", invariable anticipo de lo contrario, sujeto además al entusiasmo del inversionista-especulador.

Queda entonces la esperanza, virtud teologal que, según los filósofos metidos a sicólogos del progreso y del retroceso, se expresa en la geometría política de la "derecha", que resume la esperanza-depresiva, y la "izquierda", con su desaliento echado para adelante (típico choque entre optimistas y pesimistas mutando alternativamente el diván).

Por eso los que cabizbajos y con los santos de espaldas (incluido "San Judas", el de las causas perdidas que The Economist citó como patrono de los gerentes de la economía nacional) la alientan, siguen asidos a la creencia de que con el auxilio de las ya no tan invictas fuerzas productivas, la Nación podrá al fin liberarse de la codicia de especuladores y monopolistas, que son los mismos.

(Nótese la facilidad para la fuga de 30 mil millones de dólares y la diversificación de influencia de los monopolios para que, en nombre de la competencia, los precios hasta aumenten).

Siguiendo a Santo Tomás de Aquino, han depositado parte de sus virtudes escolásticas en los botines futboleros del representativo del duopolio televisivo, mal llamado selección nacional, en espera de que venza a algún beato brasileño en el próximo mundial, previa visita al Cristo Redentor del cerro del Corcovado (a ver si así).

La ventaja de la esperanza en materia económica es que siempre advierte de sueños inalcanzables, de su eterna depresión, mientras el partido que la promueve ratifica su aureola victoriosa en sus afanes de autoengaño.

Del otro lado, en el reino del desaliento-esperanzador, ciertos pensadores le han conferido un sello de rebeldía y de coraje, pero resulta que quienes han dicho "ni un paso atrás, ni siquiera para tomar vuelo", han terminado protagonizando pintorescas reversas antirevolucionarias y proclamando también espejismos redentores, prolongaciones de profecías de éxitos de mediano y largo plazo que nunca se cumplen.

Es la desesperaciòn optimista, entre cabizbaja y cejijunta también, modelo a la inversa de sus presuntos contrarios.

Todo esto pasa por no revisar la historia y, sobre todo, por dejar intocadas las estructuras reales que la han alimentado.